Domina la ira.

El día tiene 24 horas y cada una de ellas, 60 minutos. Toma veinte de estos y túmbate. Respira hondo. Cierra los ojos.

Piensa en un lapso temporal de 7 días y cuenta cuántas veces has sentido ira, agresividad, rabia, enfado, resentimiento, odio, envidia, o cualquier sentimiento que desencadene en ti una alteración normal del comportamiento y que te haga explotar aunque tan sólo sea durante unos segundos.

Con bastante probabilidad te hayas irritado al ver que tu equipo de fútbol no ganaba, o que un compañero de trabajo te lo hace pasar realmente mal.. O un cliente, que ha exigido más de lo que un cuerpo humano puede aguantar. O sencillamente encender el televisor y ver un informativo. Estas cosas nos cabrean, básicamente porque no las aceptamos, sea su origen bueno o malo. El caso es que supone una confrontación de lo que piensas y lo que ves.

¿Nunca os habéis dado cuenta de cuánta energía se invierte en cabrearse? Imaginaos una discusión estándar de una pareja estándar: gritos, algún insulto, movimientos enérgicos, un portazo… ¿Imagináis toda esa energía redirigida, por ejemplo, a patinar por la ciudad? ¿O a correr por el campo? ¿O, por qué no, a echar un p*lvo?
Un enfado que te impulse a gritar aumenta la presión sanguínea y aumenta los niveles de adrenalina y la noradrenalina, la llamada “hormona del estrés”. Crea una situación psicológica que prácticamente te nubla los sentidos y la capacidad de decir las cosas adecuadas. ¿Cuántas veces os habéis dejado llevar y habéis dicho cosas que ni siquiera pensabais, con tal de hacer daño a la persona que tenemos enfrente?

¿Y cuántas veces nos hemos arrepentido después?

Sentir ira al fin y al cabo es fruto de un proceso biológico: normalmente surge tras un ataque y un aumento de la tensión de una situación concreta. En un ataque personal y físico, por ejemplo, la ira a veces conviene para ayudarnos a defendernos. Pero ya está.
El problema es cuando enfocamos nuestra ira hacia los demás, incluso a veces estando indefensos los otros. Muchas veces la ira se transforma en muerte, como las mujeres asesinadas a manos de sus maridos y exmaridos, violencia hacia niños pequeños o personas desvalidas. De todas formas hay muchas formas de violencia como para ser explicadas aquí. Encended la tele y veréis en menos de media hora cuatro o cinco tipos de violencia e ira. 
No quiero centrarme en el origen de la ira (que básicamente es el miedo) sino centrarme en qué hacer cuando sentimos ese sentimiento dentro. Este es un ejercicio que practico cuando me ocurre algo que me enfada:
Primero, intento calmarme a nivel físico. Una buena forma de relajarse es respirar hondo y cerrar los ojos, evitando cualquier estímulo visual. Si te encuentras discutiendo con una persona, lo mejor es salir de donde estés y encerrarte en algún lugar donde evites ser molestado. 
En segundo lugar, analiza el origen de esa ira: ¿Un mal compañero de trabajo? ¿Un resultado muy bajo en una calificación? ¿Un conductor que te saca de tus casillas? La ira y el enfado pueden tener múltiples orígenes y deberíamos saber por dónde nos vienen las bofetadas. Es cuestión de pararse un segundo. 
Después, piensa detenidamente: ¿Puedo hacer algo yo para suprimir el origen de esta ira? Si tiramos por el camino ilegal y matas a tu compañero de trabajo, la respuesta es si. Pero vamos a ceñirnos a las leyes vigentes y asumamos que muchas veces no podemos modificar el origen de esta ira. De hecho, casi nunca podemos modificar o suprimir el origen de este sentimiento. Pero si podemos desviar nuestra atención para atenuar el problema hasta dominarlo.

Por ejemplo, en mitad de una discusión cada vez más descontrolada decides encerrarte en una habitación donde no oyes nada. Estás rojo por la ira, la tensión por las nubes, no puedes pensar con claridad y puedes cometer una barbaridad en cualquier momento. Cierras los ojos y respiras. Encuentras el origen de la discusión: tu pareja tiene unos prontos muy fuertes (algo que no cambiará jamás). Comienzas a relajarte, a pensar más pausadamente, y asumes que a pesar de querer a tu pareja, a veces te saca de tus casillas y te descontrolas tú también. Y empiezas a pensar en una solución:

En este caso, una solución podría ser esquivar las discusiones o ceder siempre, pero eso simplemente esconde el problema sin asumirlo. 
Lo ideal es esperar a que esa persona descargue toda su ira a base de gritos y permanecer impasible será algo que no alimentará ese enfado. Y si lo hace, no será de la misma manera que cuando se monta una reyerta en casa. Normalmente desconcierta a la otra persona y ésta va bajando el nivel de las voces. Para ahorrar tiempo y mientras duren los gritos, intenta averiguar a través del razonamiento y la memoria dónde puede estar el origen de su ira, qué cosa ha desencadenado ese sentimiento para llegar a este punto. Si fuera posible, recuerda bien la causa de la ira para hablar de ello más tarde. Normalmente lo podemos encontrar, porque la discusión en si se suele centrar en el motivo. Otras veces puede ser más complicado y permanecer más oculto.

Una vez la persona haya descargado toda la energía posible y cuando empiece a aflojar el tono de la conversación, podríamos comenzar a hablar tranquilamente y sin aspavientos y a buscar una solución que evite el enfrentamiento. Un acuerdo, que se llama. Algo que si una persona es madura es capaz de hacer sin reprocharle nada a la otra persona, porque quizás esa ira sea justificada (aunque evitable). La empatía, por cierto, ayuda muchísimo a rebajar nuestro nivel de ira. Pero lo importante es que nosotros consigamos neutralizar esa ira, nunca esconderla. Esconderla sólo sirve para reventar más adelante, con más rabia y mayor resentimiento hacia eso que nos causa la ira.

(Un truco: justo después de dominar la situación, cuando consideres que el problema está “resuelto”, haz algo que te lo recuerde siempre y que puedas hacer en cualquier sitio: manosear un llavero, jugar con una moneda, oler un trozo de tela perfumado…)

Esto sería en el caso de que sea una persona y su actitud el origen de nuestro problema, pero puede aplicarse a cualquier cosa. La cuestión es dominar ese momento de explosión.

Entonces, con la práctica te das cuenta de que el número de veces que te enfadas a la semana es muchísimo menor que antes, que te tomas las cosas con más calma, con más sosiego. Consigues redistribuir la energía no empleada en discutir en cosas tan prácticas como pensar acerca de uno mismo y de las personas que te rodean, del origen de tus problemas, y más adelante con esa ira puedes hacer cosas incluso artísticas, como pintar o escribir. Mucha gente aprovecha y sale a correr un poco para agotarse físicamente y relajar la mente, algo que también funciona bastante bien. 

Y poco a poco, con más práctica aún, vas evitando los momentos de enfado hasta que ya ni siquiera los notas, porque cuando los detectas automáticamente pones en marcha todo este proceso que te lleva a un estado casi constante de tranquilidad y calma.

Encima, el hecho de saber que dominas tu ira evita precisamente estos episodios, porque ya de antemano afrontas con seguridad los problemas y aunque no tengan una solución clara, al menos no te hacen ponerte hecho un basilisco haciendo cosas que no te gustaría hacer realmente, ni que te las hicieran a ti.

Ahora ya eres consciente de que cada vez que te ocurra algo que te provoque una sensación similar, tienes la oportunidad de desviar toda esa energía que ibas a utilizar contra alguien o algo para pensar en ciertos asuntos: convertirlos en creatividad, quemarlos en un gimnasio o en una piscina…

Ahora si, has conseguido destruir la ira.

Este será un tostón de entrada, pero os aseguro que a mi me ha salvado el pellejo muchas, muchas veces. 

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