Cuando la espiritualidad se transforma en marketing

No soy mucho de ir de compras, pero tenía un vale descuento y pensé: “¿Por qué no?” Soy un temerario y me gusta el riesgo. Yo soy de los que quita el USB en modo no seguro, ya sabéis.

Dando una vuelta por un centro comercial, me encuentro entonces con algo que me dejó cuanto menos intrigado. Había visto muchas formas de vender la religiosidad y la espiritualidad, y todas ellas supongo que serán válidas en mayor o menor medida, pero llega un punto en el que uno sólo puede pensar una cosa:

“¿Pero qué mierdas es esto?”


Siglos y siglos de enseñanzas transmitidas oralmente, de sabiduría de origen oriental donde se le explica a una persona cómo crecer sin tener que mirar hacia el cielo, sino hacia el interior de cada uno de nosotros…

…para acabar metido en bolsitas de papel, vendido a 2.70€ en rebajas.

¿Dónde quedó el límite del respeto?

En el caso de la religión budista, en su tránsito hacia occidente y principalmente debido a un estilo de vida que choca frontalmente con nuestra concepción del mundo, esta se transformó en una filosofía, es decir, en un sistema de creencias del cual puedes tomar la parte que te guste sin tener que afrontar un “todo”: puedes aceptar la parte de la meditación pero no la de abandonar una vida de posesiones materiales. Religión a la carta, lo llaman también. Uno de los rasgos principales del budismo es el uso de la meditación como canal introspectivo que permite el autoconocimiento del practicante. No necesitan un Dios que les diga que el ser humano se hizo a su semejanza o que la mujer es pecadora desde el principio de los tiempos.

Trasladado a la estética, occidente se encuentra con un símbolo popular que transmite paz y desasosiego a los espectadores, debido a que la mayoría de esculturas budistas tienen posiciones a las que no estamos acostumbrados. Mientras en Europa se tallan Cristos bañados en sangre con expresiones de auténtico terror, en Tailandia se construyen templos dedicados a un religioso originario de Nepal recostado en el suelo, con una media sonrisa y los ojos entrecerrados. O más al norte, en China, se les dibuja en paredes con una bandeja de comida en alto y sonriendo, mostrando una abundante panza que garantiza la comida en el hogar. Era un auténtico filón, un icono que representaba la paz, la calma, el relax, la “iluminación”, puro exotismo frente a la brutalidad de occidente…

Esto ocurre durante los años 90, donde la estética budista se acaba convirtiendo en un icono incluso para discotecas y locales de ocio, donde se pretende transmitir al consumidor ese estado que representa la propia iconografía. Aparece entonces un márketing brutal que comienza a ofrecer productos como restaurantes, hoteles, discográficas, literatura…todo inspirado en esta religión. En lugares como España y durante el boom de la construcción, a la par que casas hasta en los pequeños pueblos menos versados en este tipo de filosofías aparecieron como setas locales inspirados en esta “moda”.



Y entonces es cuando yo, insignficante consumidor, llego a una tienda donde puedes encontrar desde sandalias de goma hasta un cargador del móvil USB para el coche, a la par que veinte variedades de inciensos y todo siempre en armonía y paz con el Medio Ambiente, bajo la atenta mirada del Buda pacificador venido desde el lejano Oriente…

…vamos, no me jodas. No me vendas como ideales una estética. Si te quedas con la estética, fantástico. El arte es básicamente eso y es natural que algo “bonito” se venda para decorar. Así de simple. Pero no me cuentes la monserga de que te “transmite paz” cuando lo que te transmite es una moda que unos cuantos lobbies de la producción decidieron colocar ahí, para tí. No me digas que te relajas en el local de moda de la ciudad porque tiene camas balinesas, cuadros pintados con arena y gigantescas estatuas en la entrada mientras suena el último tema de los 40 Principales y te pones ciego a gintonics.

Y que conste que yo aquí en casa tengo varias representaciones estéticas. Ocho en total: tres cuadros y varias estatuíllas que he ido comprando por ahí. E incluso he trabajado en estos locales que antes os decía. Pero me impresiona saber que toda una teoría religiosa, todo un sistema filosófico basado en el conocimiento del ser humano y de lo que le rodea, que en algunos países es completamente el centro de la vida de sus habitantes, aquí se transforma en un mero icono del cual apenas llega la gente a conocer poco más que el nombre, y que en ocasiones no sabe ni cómo escribirlo.

Por eso puedo horrorizarme cuando veo a un pequeño buda metido en una bolsita como si fuera un puñado de té. Ahí está la gracia. 

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