La carta.

Dicen que las cosas más importantes son precisamente aquellas que destacan por lo aparentemente insignificantes que son, y cuya repercusión es prácticamente inmesurable pero no por ser pequeñas, sino justo lo contrario, por las consecuencias que tienen. Y vaya si tienen razón.

Una carta. Un sencillo correo electrónico dirigido a mí personalmente sin que sea un anuncio, una carta del banco o una factura. Era un texto dirigido única y exclusivamente a mi, como consecuencia de la llamada de auxilio que hice hace unos días y que poca gente ha sabido interpretar, aunque tampoco era mi objetivo. Pero creo que hacía años que no me pasaba algo así.

Obviamente no revelaré el contenido de la carta, faltaría mas, pero bastará con decir dos de las conclusiones he extraído de este extraordinario regalo por si nuevamente a alguien le sirve de ayuda igual que me ha servido a mi:

1. La vida se compone de ciclos naturales, de altibajos. Que por un lado es positivo: si en lugar de ciclos nos limitáramos siempre a una vida lineal y sin sobresaltos sería poco más que una existencia aburrida, una vida como la de aquellos que se acostumbran a cualquier cosa (o a cualquier persona) y se conforman con lo poco o mucho que tienen. Que conformarse está bien cuando hablamos de cantidad, pero no de calidad. No es tener más, sino lo mejor.

En esos ciclos hay ocasiones en los que estás completamente eufórico, la vida te parece maravillosa, todo tiene un porqué, un sentido, una lógica y una razón de ser; todo parece ir a algún sitio y los objetivos se van realizando uno detrás de otro. Eso ya lo viví también, o al menos una de las etapas que identifico a día de hoy se corresponde con esa definición.

Pero la parte opuesta de la cresta de la ola es el fondo del mar. Una etapa donde parece que las cosas no van a ningún sitio, no te gusta ni lo que haces ni lo que no haces, no ves la luz de la superficie, no te llegan mensajes desde afuera, la ilusión es cosa de niños y prefieres la seguridad de tu refugio a la aventura de vivir.  El punto donde yo y bastante gente, a tenor de los comentarios que he recibido, nos vemos inmersos en este momento. 

2. Todo tiene un principio y un fin. Y los ciclos se terminan y se vuelven a empezar. Y de cada ciclo se aprende algo o al menos debería, tanto de los de euforia como los de pesadumbre. Lo importante de este punto es que sabiendo que volverá la euforia, la ilusión y nuevos caminos por recorrer es que junto a ti lleves la experiencia del anterior: olvidarlo sería estar condenado a repetirlo, una especie de samsara* cotidiano donde no es necesario morir y renacer para volver al punto anterior y no encontrarle respuesta.

También me quedo con el punto de que a pesar de no vivirlas, las experiencias de los demás pueden ayudarnos a entender y a mirar con otros ojos lo que ahora mismo no vemos, sabiendo que esas otras personas supieron superar esos mismos baches que ahora yo intento saltar sin tropezar demasiado. Que no tenemos que cerrarnos a los consejos de los demás, que oigamos: que aunque las cosas no llamen nuestra atención debemos prestársela.

Y lo más importante: seguir caminando. Por algo somos caminantes, porque a pesar de todo, de vivir en lo más alto del ciclo o en lo más bajo de nuestro ánimo, seguimos andando sin detenernos. No nos estancamos y crecemos, a pesar de los tiempos adversos.

Eso es. Seguir caminando.

*El “samsara” es el ciclo de muerte y renacimiento que según los budistas, únicamente se rompe cuando se alcanza el Nirvana, la iluminación. 

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