Un vasito de vinagre, por favor.

A pesar de la edad que tengo, prácticamente llevo un tercio de mi vida trabajando de cara al público. Y he trabajado en muchos sitios muy diferentes entre si, aunque la función no lo sea tanto. Y aún así, en cada lugar, te encuentras siempre al mismo compañero/a de trabajo a los cuales voy a dedicar ésta entrada. Yo los llamo:

¡Los Vasovinagre!*
*También conocidos por motes como vinagres, muerdelimones, limoncitos, rancios, sosos, secos, siesos, estiercos y una ristra de adjetivos que se prestan a la creatividad.
¿No os ha pasado nunca que salíis de fiesta y vais a pedir una copa, os acercáis a la barra y os encontráis de frente con una camarera monísima de la muerte pero más seca que el que comía polvorones en el desierto de Tabernas? ¿Si? Enhorabuena: a tí te ha tocado la siesa un ratito; yo la tendré que aguantar toda la noche. 

En todo este tiempo que llevo trabajando, como decía, acabo encontrándome con estas personas.  Son personas que no son conscientes (o no quieren serlo, o les da igual) de que su sueldo lo está pagando ese cliente al que dedica la peor de sus muecas y contra el que lanza toda su frustración por, qué se yo, no copular desde que Franco era corneta. Para estas personas tengo una frase: “Si no os gusta trabajar de cara al público, no lo hagáis“. Sé que el burdel es duro pero es más íntimo y no pasan estas cosas.

O igual es estreñimiento crónico, con lo cual les compadezco pero les recomiendo visitar a un médico, que normalmente tienen alguna solución para eso. Son unos curanderos fantásticos.

Pero no lo entiendo. La ciudad donde vivo es eminentemente turística y si ya es chocante ser de los pocos que habla inglés con la clientela, como trabajador más me sorprenden algunas contestaciones, y os aseguro que por parte de algunos compañeros he escuchado de todo: desde insultos por la vestimenta, aspecto o forma de hablar hasta darles la espalda o ignorarles “porque si”, sin motivo aparente. Es algo que cuando he sido encargado siempre he recriminado a quien trabajara conmigo: una sonrisa agradable y correcta no cuesta absolutamente nada, y si no eres capaz de sostener una sonrisa con la que no parezcas Raquel Revuelta al menos mientras atiendes al cliente, dedícate a algo menos alegre como despiezar cadáveres. Ahí las caras de asco no desentonan. Y esto va tanto para ellas como para ellos a partes iguales.

En el caso de las discotecas también tenemos que ser conscientes de una cosa: vendemos drogas duras legales y sus consecuencias se notan en menos de una hora. Un cliente no se va igual que vino, y durante todo ese tiempo sin ser responsables de ellos tenemos que hacernos a la idea de que su actitud se va a ver alterada y que no siempre son borrachos bonachones que cuentan chistes y dan besos. Algunos se ponen pesados y violentos, el tiempo les parece que pasa rapidísimo y todo lo quieren ahora, perfecto e impecable. Un poco de empatía viene bien, pero sin llegar a la complicidad. Sería un error básicamente porque nos tocará tener que aguantar a un cliente llamándote ” compadre” hasta las seis de la mañana e invitándote a la comunión de su sobrina.

Pero claro, también hay que analizar otro componente: los clientes. Si un compañero o compañera de este tipo es poco empático con su entorno, la mayoría de los clientes lo son menos todavía. Lanzo desde aquí otro mensaje para la gran mayoría de clientes que piensa que un camarero es su siervo: no lo somos. 

Admito que en ocasiones hay empleados que se columpian bastante, que pasan de los clientes, que no están atentos a quien viene primero o después…pero son muy pocas. De hecho, cuando te asomas a una barra y ves a tres o cuatro personas corriendo de punta a punta, esquivándose unos a otros, sirviendo copas de seis en seis y cobrando veinte comandas al mismo tiempo muy habilidoso habría que ser para tocarse los huevos, que no es porque estemos huyendo de ti, estimado cliente.De hecho, ese es el trabajo que se puede ver: detrás de una barra hay unos vasos que limpiar, que reponer, botellas que se gastan y hay que ir a buscarlas a Soria, etc. Pero es entonces, cuando alguien tiene que esperar más de la cuenta (que suele ser menos de cinco minutos en horas punta; recordad cuánto esperáis en el médico…) y se le dice amablemente que estamos hasta los topes de faena  y que no tardaremos, es cuando aparece la frase del típico filósofo de barra que no puede evitar soltarla a riesgo de que reviente. Si, ese que es capaz de arreglar la crisis antes de llegar a la cuarta cerveza y de buscar una solución para el hambre mundial antes de la sexta. La frasecita suele ser:

“Y a mi qué me importa: que contraten a más personal”

Que contraten a más personal, dice. En ese momento si me veis trabajando podréis ver cómo se me inflan los huevos hasta tal punto que puede llegar a impedirme avanzar a lo largo de la barra o tropezar con alguna caja de botellines, pero entendedme: ¿Que contraten más personal? ¿Te crees, oh sabio sujetabarras y robacigarros, que no lo he pensado ya? ¿Conoces el concepto “pico de actividad”? ¿Sabes que yo soy un humilde trabajador que se dedica a poner, quitar y limpiar copas y que no decido cuánto personal trabajará durante esa noche? ¿Sabes que si se lo digo a mi jefe seguramente opinará sobre mi como yo de ti tras hacerme esa pregunta?

En este caso falla una cosa importante por ambas partes: la empatía. Unos piensan que por estar detrás de una barra son infalibles e intocables, y los otros creen que por pagar tienen derecho a su esclavo personal, 24 horas y con atención personalizada.

¿Solución? Yo propongo una combinación de saber escuchar y paciencia, por ambas partes. Puede tocarte el camarero nuevo o puede que esa clienta haya tenido un mal día, pero sea como sea lo más probable es que estemos en un ámbito de ocio y nadie quiere arruinarse los pocos ratos libres de asueto por algún conflicto que la mayoría de las veces suele ser una tontería.

Lo dicho: más sonrisas y menos limones. Que no está la cosa para menos.

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