Alcanzando el límite

Cuesta asumirlo, pero a veces aún siendo conscientes de que estamos haciendo algo “malo” o simplemente “poco bueno” principalmente para nosotros mismos, continuamos con dichas acciones una y otra vez a pesar de las consecuencias futuras. Repetimos algo que sabemos que nos afectará negativamente en un futuro. La pregunta es: ¿Por qué?

Esta es mi respuesta: porque después de realizar dichas acciones (que cada cual conoce las suyas) nos sobrevienen los remordimientos y el malestar y para neutralizarlo casi siempre buscamos algo o a alguien que nos recompense rápidamente para compensar (valga la cacofonía) estos malos sentimientos, volvemos a sentirnos bien, y sintiéndonos seguros realizamos de nuevo la “mala” acción en busca de aquella recompensa. Y entramos en un bucle de acción-malestar-recompensa-acción del cual es muy, pero que muy complicado salir y que nos genera una sensación muy incómoda, o al menos en mi caso es así: una sensación de esclavitud, de estupidez. De torpeza.

Pero he encontrado una solución, aunque un tanto drástica, para este problema: alcanzar los límites.

(Y no, no es saltar por un precipicio)

Recuerdo que un amigo me contaba que su padre le pilló fumando una vez cuando era más pequeño, con catorce o quince años: su padre le hizo fumarse una cajetilla de tabaco de una sentada llevando hasta el extremo algo tan “inocente” como que el niño pruebe el tabaco. Mi amigo nunca ha tenido ni la intención de probarlo y agradece a su padre ese gesto. Obviando el hecho de si intoxicar a un niño de esa manera está bien o mal, el punto está en llegar a saturarse de algo para no volver a repetirlo.

Llegamos al núcleo de la cuestión y poniendo un ejemplo: hace poco me encontré al borde de ese límite mientras me tomaba una copa en la calle, a las tantas de la noche. Me vi fuera de lugar, rodeado de gente que no me importa y a la que no le importo, haciendo completamente el ridículo en según qué conversaciones o situaciones y finalmente, apartado de un grupo por no ser un igual o no ser considerado como tal. Llegué a sentirme completamente solo cuando no tengo necesidad.

Entonces no era el borde del límite como yo pensaba: era el límite en si, lo había alcanzado. La situación había variado tanto como para pasar de sentirme a gusto a no volver a querer repetir la experiencia.

Y hasta ahí se puede llegar. No necesito terminar en la UCI por una borrachera ni mucho menos, que va. Es más, que el problema no está en el alcohol (que podría haberlo sido) sino en la situación que se genera por sí misma. Sencillamente me he saturado de algo igual que mi amigo en su día del tabaco, que hizo que lo rechazara de por vida salvándose así de un grave problema en el futuro. Eso si, en mi caso ha sido de forma natural, sin querer llegar al límite me he visto delante. Pero ahora viene lo interesante.

Salvarse. Ese es el plan. Quitar de mi lado todo lo que no necesito, tanto material como personal y alejarme de los límites otra vez hasta que vuelva a sentirme cómodo, aunque eso suponga sacrificar algunas “amistades”(porque tanto no lo serán), lugares y situaciones rompiendo así ese ciclo que antes mencionaba y que impide encontrarse bien con uno mismo.

Y me consta que se puede, y voy a por ello. Más de una persona me dice que reflexionar acerca de estas cosas es un síntoma indudable de madurez y de inteligencia aunque parezca exactamente lo contrario. Detectar y ser consciente de un problema nos hace a su vez parte de la solución.

PD: Cada persona tiene sus situaciones personales y tiene sus límites, que pueden coincidir aunque también pueden variar notablemente. Recordad que cuando se llega a estas situaciones, aunque no sean dramáticas por decirlo de algún modo, tiene sus consecuencias a diferentes niveles. Sed responsables con vuestras vidas, que sólo hay una.

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One comment

  1. Hola.
    Más que de madurez, que sin duda lo es, tu acto refleja lo que para mi siempre ha sido una premisa ineludible (acarreándome más de un “problema” social) ser consecuente conmigo mismo, con lo que soy, con lo que siento…
    Sin querer extenderme en mi caso, (por que no viene al caso, valga la redundancia), ya desde muy joven (rondando los 18 años) mostraba “maneras” de “raro” o “diferente” en el aspecto social. Nunca me gustaron las fiestas, romerías ni populismos, amén de que mi corta relación con el alcohol fue nefasta, con lo cual me quedé (por voluntad propia) en “el otro lado de la calle”. Eso me trajo cosas buenas, pero ojo, cosas malas también; hoy, con casi cuarenta años, son más las personas que se han quedado atrás que las que tengo a mi lado (aparte de la familia) para poder compartir un momento de ocio, y eso, a veces es malo, por mucho que me guste la soledad.
    Es el precio que hay que pagar por “salvarse”, como tu lo llamas, o por “condenarse”, como lo llamo yo. Son las dos caras de la misma moneda…

    Salud!

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