Musicología forense. Hoy: Leticia Sabater!

Si hay algo que me fascina en nuestro mundo actual es la facilidad con la que una persona puede llegar a las demás y transmitirle sus ideas. Puedes escribir algo y en cuestión de segundos podría estar en la pantalla de cada uno de nuestros ordenadores, smartphones, tablets y lo que quieras en cualquier rincón del mundo. Puedes montar una página web y comprar productos de Soria viviendo en Londres y venderlos en el mismísimo Tibet.

Y también puedes aterrorizar a miles de millones de personas haciendo vídeos como éste. Ha habido directores de cine que ya la proponen como “Mejor corto de terror de la década”. Y no les quito razón.

Para entender bien este vídeo, iré diseccionando cual forense los puntos más importantes de la grabación, ahorrándoos así tener que verlo tantas veces como yo lo voy a ver. Sabed que os quiero mucho y que si no sobrevivo al día de hoy, mi abogado ya tiene instrucciones.

Al lío. 

0.05 Se nos presenta Leticia conduciendo un coche que demuestra el bajo presupuesto del video, acompañada de un gorro de paja y unos guantes a todas luces robados a algún mendigo despistado en un comedor social.

0.06 Atención, vienen curvas. Su suave y delicado contoneo recuerda a las bailarinas exóticas del lejano oriente.

0.12 Meneíto rápido de un inexistente culo para reajustar las bragas. Mentira: no lleva.

0.26 Sucesión de movimientos hipnóticos con las manos para distraer nuestra atención.

0.28 Atención, se acerca la primera verdad: “Señor “polisman”, odio el control de alcoholemia”. Sublime. Desgarrador. Con falso acento inglés para deleite de los DJ’s de pueblo.

0.33 Atención al movimiento de manos, porque se va a repetir durante todo el vídeo. Los daños neuronales aquí ya eran severos.

0.58 Segunda verdad: “Papito, qué pedo me llevas”. Esto me ha costado cogerlo porque lo dice al momento de quitarle la gorra al “polisman”, y pensaba que decía “pelo”. Arte.

1.02 Atención, estrofa. “Me gustan latinos/me ponen cachonda/cuerpos musculosos/me pone su anaconda. Me llaman princesa/me pongo juguetona/me comen la oreja/mi pecho se empitona”. Esto creo que es de Góngora pero no lo tengo muy claro. Cuando dice anaconda se está descojonando de si misma y le comprendo: yo también lo hago.

Hasta 2.05 se repiten los movimientos manuales, los bailecitos refregones en la piscina con dos gogós sin aparente actividad neuronal (por la descoordinación al bailar, digo), los saltitos en la tumbona y finaliza con un “Every people is hot with me”. Dos ingleses han sido sacrificados por esto.

2.11 “Call me sixty-nine”. Llámame 69. Una clara alusión al número de su celda cuando cumplió la condicional.

2.44 La policía se pone violenta: hay disturbios. Ante la mirada de siete fornidos muchachos, las autoridades simiescas despojan a la protagonista del vídeo de la parte superior de su bikini. Vuestras córneas están a salvo: no se le ve nada.

3.34 Mi sentido arácnido se dispara: ¿el descapotable se mueve o no se mueve? Atentos al reflejo en el espejo retrovisor lateral.

3.42 No dejéis de mirar al gogó en primer plano, cómo coquetea con la cámara. Esa sonrisa le delata.

3.52 Finaliza el clip con un pequeño regalo de la cantante que sin duda os encantará. Una pista: antes os mentí.

De todo el vídeo en si puedo extraer algunas conclusiones que sin duda los lectores tendrán a bien comparar conmigo. La primera de todas ellas y la más evidente: el gran triunfador de la grabación es el camello. Ese tío se ha hecho de oro seguro. Nótese el uso de gafas de sol constantemente: no sabemos si es para ocultar hábilmente la intensa mirada de la presentadora catalana o existen otros dilatados motivos.

Contemplo con estupor como la “Xuxa española” que llegaron a llamarle en su día, tras su escaso éxito al buscar novio online con todo el desparpajo de una gran presentadora como ella es se lanza descarada y picarona a lo que se llama “tirar la caña”, aunque en su caso es más pesca de arrastre: lo que caiga cayó. Sea lo que sea. No pudo por las buenas: será por las malas. Por las malotas en realidad. Malotas y cochinotas.

Seguro que ahora mismo miles de jóvenes de entre 23 y 30 años están en sus casas escondidos en el sótano o en el cuartillo de la limpieza, con la mirada perdida en el horizonte, abrazando sus rodillas y repitiendo como un mantra “por qué, por qué, por qué…” al ver a la que fue un ídolo de masas infantil allá por los 90 convertido en un putón desorejado que parece sacada de las que expulsaron del cásting de Gandía Shore.

Y hasta aquí el análisis musicólogo forense de hoy. Espero que os haya gustado y hayais disfrutado tanto como yo con esta maravilla de la que espero podamos disfrutar durante muchos, muchos años.

Yo mientras tanto voy a arrancarme los ojos con dos cucharas que tengo puestas al fuego. Id en paz.

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