Intocable: el valor de la amistad.

Sé que lleva siendo un éxito en Francia desde el año pasado. Según las cifras, es la segunda película en número de espectadores de toda la historia del cine francés y la tercera más exitosa según Wikipedia y todo ello sin ser un pastel pseudomoderno traducido del búlgaro. Sólo con esto es digna de sentarse un momento, ponerse cómodo y verla hasta el final.

El argumento de “Intocable” es aparentemente es sencillo (no hay spoilers, tranquilos): Driss es un chico de origen senegalés que vive en el extrarradio de París procedente de una familia desestructurada, el cual necesita de una firma (otorgada cuando es rechazado en un trabajo) para poder cobrar el paro. Para ello acude a una oferta de empleo que consiste en cuidar a Philippe, un tetrapléjico adinerado que necesita atención y cuidados la 24 horas del día. El primero vive con una familia enorme, el segundo en una mansión enorme. El primero no conoce los lujos y el otro compra cuadros que valen 41.000 euros. Finalmente Driss es contratado y comienza una curiosa relación entre ambos, donde Driss es de las pocas personas que entiende que Philippe no es sólo un hombre atado a una silla con ruedas, sino que hay algo más en él. Por otro lado, Philippe ve en ese chico un soplo de vida, la vida que a él le falta.

El mensaje que transmite es brutal: a pesar de las diferencias, a pesar de todo lo distintas que puedan parecer dos personas en principio, no hay nada tan fuerte como el sentimiento de pertenecer a algo más grande que uno mismo, algo que trasciende a la persona en si y que uno solo no puede completar. Y aunque podemos llegar a ser personas integras y felices, necesitamos sabernos necesitados por los demás.

Ahonda perfectamente en el concepto de la amistad que supera los prejuicios, la amistad pura y noble, la que no necesita explicaciones sino actos. Unos actos que sencillamente se hacen desde el instinto por cuidarnos unos a otros en una sociedad individualista que queda claramente retratada en la película: la individualista, la que vive ajena a los demás, la que siente lástima por los débiles cuando estas personas ni lo son, ni lo serán. Esto es lo que entiende Driss a la perfección antes que cualquier otro candidato a su mismo puesto.

Ahora vienen las preguntas: ¿Cuántas amistades tenéis así? En mi caso, puedo decir que al menos tengo a una persona de este tipo y bien orgulloso que estoy. Además, muchos de nosotros tenemos amigos desde la infancia, yo en concreto conservo amistades desde los seis años y aunque quizás no nos veamos todos los días sabemos que siempre estamos unos junto a los otros de una u otra manera. Es una amistad tradicional, tierna y por costumbre. Las personas guardan una afinidad y de ahí surge la relación. Y es precioso mantenerlo y ojalá me duren otros tantos años.

Luego existen otros tipos de amistades: Albert Espinosa los definió como “amigos amarillos” en el libro de nombre “El mundo amarillo”, donde nos explica que existe un tipo de relación efímera, breve pero muy intensa que puede enseñarnos mucho acerca de lo que no conocemos o bien, donde podemos dejar nuestra huella. Estas amistades puede que duren unas horas, un día o un año, quizás diez. Pero algún día no estarán y es precisamente el tiempo que dura y las enseñanzas que nos transmiten lo importante de este tipo de relación.

Quizás alguna vez os ha pasado: conocéis a una persona, hay conexión y afinidad, hay grandes conversaciones y tras un tiempo, por el motivo que sea, jamás os volvéis a ver. Pero esas conversaciones, esa conexión, esas ideas compartidas y esa persona ya vive dentro de vosotros, ya tenéis su “marca” y vosotros habéis dejado la vuestra. Albert decía que no debía darnos pena que esa relación no continúe, sino que debemos alegrarnos por habernos encontrado a alguien así en nuestro camino, pero que este camino debe continuar.

Luego hay amistades falsas, amistades erróneas y meros conocidos, pero eso está a un nivel más bajo y no me interesa ahora hablar acerca de eso.

Lo que considero importante y que me gustaría transmitiros aquí es que a pesar de las relaciones que nos encontremos por el camino duren más o menos a nuestro lado, lo importante está en aquello que quieren contarnos y en aquello que quieren aprender de nosotros, motivo suficiente para no cerrarnos a nadie y mantener la mente libre de prejuicios, abierta y despejada ante este tipo de personas. Creo que nuestra vida y el mundo en general sería un lugar mucho mejor para vivir si nos olvidamos del egoísmo de “acumular” amigos en lugar de disfrutar de ellos y ellos de nosotros. Esto no va de hacerse amigo de todo el mundo en un planeta “happy” y maravilloso: significa admitir nuestros sentimientos y nuestros conocimientos, saber compartirlos y disfrutarlos, enriquecernos cada día mas con esas personas que nos llaman la atención y transmitirlos así a la siguiente persona. Que no nos de vergüenza expresar lo que pensamos, creemos o vivimos ni siquiera con los desconocidos.

Total, si nos tienen que juzgar o no, lo van a hacer igual. Lo interesante es que no lo hagamos nosotros.

Me surgen más preguntas antes de terminar y que cada uno podría hacerse: ¿De qué tipo de personas nos rodeamos? ¿Qué clase de amigos creemos tener? ¿Qué clase de amigos creemos que somos? ¿Y qué clase de amigo somos realmente? ¿Con quién? ¿Qué clase de amigos nos gustaría tener? Ya tenéis faena.

Ah, y se me olvidan un par de cosas fantásticas sobre la película: está basada en hechos reales y la banda sonora es de Ludovico Einaudi. Podréis disfrutarla hasta con los ojos cerrados.

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