La mala educación

Nunca he ocultado cuál ha sido mi profesión durante los últimos siete años: poner copas. Ya sea detrás de una barra en una de las discotecas más importantes de España o esquivando borrachos en alguna terraza de verano, e incluso afters o pubs (a día de hoy cuento con unos 15 o 20 sitios diferentes), el caso es que llevo mucho, muchísimo tiempo trabajando de cara al público en unas condiciones diferentes a las que aguantas en una tienda, cosa que también he hecho.

Cuando trabajas en el ocio nocturno asumes con naturalidad que vas a tratar con gente y que no será la misma -no al menos normalmente- cuando entra en el local que cuando sale: trabajamos con productos que alteran la percepción y la consciencia, que son fáciles de adquirir y consumir y que puede convertir a una persona normal en un auténtico monstruo. Es algo que todos sabemos, tanto como clientes como trabajadores.

Luego entra en juego la profesionalidad de cada uno: puedo jactarme de que hoy día, después de tanto tiempo, sigo trabajando con el mayor respeto y educación que conozco y puedo, ya que creo que son dos de las herramientas más importantes con las que tiene que hacerse uno para trabajar no ya en un medio así, sino en cualquiera. La chulería y los malos modos siempre traen problemas porque desencadenan una serie de reacciones a las que si sumamos el consumo de alcohol el resultado no será bueno casi seguro. Otra cosa ya es que el cliente tampoco tenga ni paciencia ni miras, de lo que hablé hace no demasiado.

Pero quería ilustraros con un suceso de este mismo jueves: un gran evento comercial donde se presenta un nuevo coche de marca europea. El sitio es espectacular y bastante conocido en la ciudad, así que tenemos bastante público. Me sitúan en primera linea, en una zona que se supone que está “reservada” o que al menos no puede acceder cualquiera ya que está destinada principalmente a los propios trabajadores y participantes en la presentación. La orden: “atiende a todo el mundo, te darán tiquets blancos. Y por aquí, que no entre nadie.”

Aquí es donde entra una de mis normas: exceptuando algunas ocasiones, yo cumplo esas órdenes a rajatabla. Ni me las invento, ni las aplico para molestar a nadie ni nada similar. Soy el último eslabón en una cadena de mando y me limito a seguir las normas que a mi me explican y en ocasiones con lagunas de información. Con todo el mundo por igual. Punto.

Este que está aquí escribiendo tiene una habilidad de alto riesgo: ir a dar siempre con los jefes/dueños/amos/señores del cotarro sin saber que lo son. Siempre de buenas maneras, eso si, pero suelo terminar echándoles de zonas en las que no debe haber nadie -y se supone que ellos tampoco-, o tratándoles como un cliente más sin saber que son quienes “me pagan”. Lo digo entre comillas porque el que se paga soy yo mismo echándole horas de trabajo, pero dejémoslo así.

El caso es que este pasado jueves la gente empezaba a saltarse la norma de no entrar a esa zona de la que hablaba que estaba restringida. A través de una pequeña esquina con una barrera física, que suele indicar que por ahí no se pasa a las personas normales que entienden las señales, primero fue un chico francés que pasó por debajo con soltura y accede sin más. Y aun así, le permití estar porque venía sólo y no molestaba, se sentó rápidamente y desapareció. Cero problema.

Pero avanzaba la noche y de pronto me veo como un señor enchaquetado, con toda la tranquilidad del mundo, retira dicha barrera física y entra junto con seis o siete personas más, interrumpiendo mi trabajo y además poniéndose por la zona donde yo cargo y descargo copas. Es decir: molestando. La conversación que surgió de aquello fue algo así:

“-Disculpe caballero, pero por esta parte no se puede entrar aquí, tendrá que entrar por la puerta principal y…
-A mi eso me da igual, yo soy quien paga todo esto.
-De acuerdo, pero yo no sé quién es usted ni a mi nadie me ha informado de eso, ni encargados, ni seguridad…
-Que si, que muy bien, pero que yo pago todo esto y entro por aquí si quiero, faltaría más!”

Noté un poco de hostilidad en el lenguaje corporal del sujeto, así que sencillamente asentí con la cabeza, le di la razón como se les da a los tontos y continué trabajando. El resto de clientes merecían más atención.

¿Por qué no me enfrenté a él? Pues muy sencillo: tenía todas las de perder en mi propio campo además de que la temporada está terminando y no he tenido problemas reseñables en estos cuatro meses, al contrario: he trabajado en un entorno fantástico con buenos compañeros -salvando alguna excepción-, cobrando bien y puntualmente, con alguna que otra ventaja (alguna copa gratis, invitaciones, etc). No puedo quejarme y no quería generar queja, por eso pasé absolutamente del asunto.

Pero me molestó muchísimo. El cliente era uno de los directivos más grandes de la empresa aquí en la ciudad y se limitó a tratarme como la última mierda existente en el planeta, como si yo fuera su esclavo. La falta de educación era tal que es de esas veces que sonríes como arma defensiva para retirarte a tiempo y no soltar una barbaridad, porque podría haberle recordad algo muy importante:

El dinero no da la buena educación.

Para que os podáis hacer una idea del sujeto, es el típico empresaurio español que no atiende a razones, simplemente él es el jefe, él tiene el dinero y él manda, sin más. Y si paga todo el evento, tú tienes que estar a sus pies como un siervo y punto, no hay más vuelta de hoja ni posibilidad de réplica. Y si quiero una copa, la quiero no ahora sino ayer y para qué cumplir las normas (si hay tickets o similares): como yo pago me dan igual las normas que tengáis vosotros, aunque este local no sea mío y no lo haya visto jamás. Estáis en este mundo porque gente como yo paga a gente como tú, si no hubiérais muerto ya de hambre.

No estoy exagerando: es precisamente este comportamiento el que me espero de este tipo gente, pero esa persona no se esperaba el mío aunque en realidad le importaba bien poco. Por suerte en estos siete años he tenido la oportunidad de conocer gente magnífica, con dinero a expuertas, y educados hasta para pedir un simple botellín de cerveza. Así no les doy un botellín: les regalo la fábrica. Si el trato encima es de igual a igual, aparte de educación se empiezan a ganar respeto, al menos el mío.

Después de esto el “caballero” se retiró a otra zona y le perdí de vista, fin del conflicto.

Como siempre, creo que hay muchas formas de decir la misma cosa, y una de ellas se basa en la educación y el respeto a quien tengas delante, sea quien sea y ni mucho menos te tenga que importar el dinero que pueda tener o su posición social.

Me permitiréis desde mi experiencia daros dos consejos insistiendo un poco en lo que habéis leído arriba:

1. La educación y el respeto abren muchas más puertas que los malos modos y el “pisar” a los demás para alcanzar posiciones más altas. Os lo aseguro. 

2. Nunca debes hacer es insultar o menospreciar a nadie y menos a un cliente, y mucho menos a esas personas que, aunque te parezcan invisibles, te preparan y sirven comida o bebida cuando el cliente eres tú.

Es por tu propio bien 🙂

2 comentarios

  1. Hola.

    Yo también he trabajado detrás de un mostrador (de una tienda la mayoría de años, y de un bar unos 2 y medio) y no sólo estoy absolutamente de acuerdo contigo en lo que dices, sino que me atrevo a puntualizar un detalle:

    No sólo el dinero no da la educación, sino que el maleducado no tiene arreglo, aunque estudie una carrera o aunque gane la lotería. No hablo de conocimientos ni de cultura (aunque generalmente viene aparejado lo uno con lo otro), sino de EDUCACIÓN; eso se “mama” desde pequeño, se vive en casa, se hereda de los padres…Además, la gente que tiene mucho dinero (como probablemente sea el caso de ese maleducado al que citas en el texto) no lo consiguió con “buenas artes”, sino probablemente pisoteando y abusando del prójimo; a decir verdad, es la única manera de hacerlo.

    Por otro lado, y para acabar, quiero felicitarte por tu educación (de eso se da uno cuenta con leer tus textos, no hace falta ejemplos), pero sobre todo por tu “santa” paciencia. Aunque me considero un tipo educado, no soy como tú, no puedo aguantar injusticias ni chulerías, y mucho menos cuando provienen de un “maleducado trajeado”. Soy de los que usando la retórica, la argumentación y las palabras, intento siempre con educación, tratar de demostrar al sujeto que así no se hacen las cosas. Evidentemente, eso me ha traído más disgustos que alegrías, pero así soy, lo llevo en la sangre…

    Finalizo con unos refranes populares (soy un gran amante de ellos):
    “El que no está hecho a bragas, hasta las costuras le hacen llagas”.
    “El que nace barrigudo, ni aunque lo fajen”.

    Salud!

  2. Gracias nuevamente por tu comentario 🙂

    Quería comentarte acerca de la paciencia y lo de argumentar y hablar con un cliente así. Hay casos en los que la batalla está perdida de antemano. Cuando sabes que una persona es así y que no hay más donde rascar, en mi caso lo mejor es darlo por hecho y pasar del tema, seguro que hay alguien que reclama mi atención.

    Más que nada porque es como hablarle a un muro y como bien dices, estas personas no tienen arreglo. Por mucho que les hable y les diga, su palabra es la única válida, la única que tiene algo que decir y por tanto es gastar saliva y energía en alguien que no lo merece.

    En cambio, si noto que puede haber alguna fórmula para razonar normalmente intento utilizarla. Hasta que las pelotas ya no me caben en los pantalones y entonces me retiro. Lo más lógico, a mi forma de ver 🙂

    Muchas gracias nuevamente por tu(s) comentario(s). Un saludo!

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