Veneno social I: el egoísmo.

Lo pienso constantemente y cada día que pasa me reafirmo en mis ideas: esta sociedad, la nuestra, la occidental, cuyos pilares son la filosofía griega y las tradiciones judeocristianas, ambas que hablan de compartir y amar al que tengamos al lado (cada una a su forma, pero ambas terminan igual: con alguno de rodillas), el valor fundamental que hoy día se promulga es uno: el egoismo.

Puro y duro, damas y caballeros. Se nos obliga a ser egoístas desde el momento en el que aprendemos que si no te quedas con algo, se lo quedará otro. Así de simple les funciona la neurona a alguno. Y me quiero explayar bien, así que si alguien no quiere leer mierdas reivindicativas acerca del valor social del no-ser-egoista y cosas así, que se vuelva por donde ha venido.

Empiezo.

Caminas por la calle y ves a alguien tropezarse. Sonríes un poco, disimulando, al fin y al cabo el humor negro es como las piernas: unos tienen y otros no. No pasa nada. Ves que se incorporas y no ayudas. Ahí aparece la sombra del egoísmo.

Coges tu coche, arrancas. Intentas incorporarte a la izquierda pero es imposible: pasan todos a una velocidad enorme como para hacerlo. Lo consigues. Coges autopista y tiras millas hacia el hogar. Alguien pretende incorporarse desde tu derecha: cambian las posiciones. Pero dices: “A mi antes no me han dejado, que se jodan ya!”. Y en lugar de pasarte al carril izquierdo para dejarle incorporarse, te mantienes en el tuyo y lo rebasas. Más egoísmo.

Se te olvidan cosas que comprar en el super y vas. Son dos tonterías pero las necesitas. Delante tuya en la caja, un matrimonio jovencito espera para comprar con dos carros inmensos. Sólo está esa caja abierta. La chica te mira antes de empezar a poner sus cosas en la cinta. Tú tan sólo llevas pilas y dos cartones de zumo. Y ahí te quedas, esperando detrás de esa inmensa cola de productos. Egoísmo puro.

Llegas a casa y tu hermana pequeña ha dejado todas las botellas con un dedo de líquido. Egoísmo. Terminas de comer y te apetece una siesta, tienes tiempo y vas bien planificado. Tu padre tiene puestos los documentales de La 2 tan fuertes que notas como una hiena de Tanzania resopla en tu nuca mientras te revuelves en la cama. Y ni siquiera son las cinco de la tarde.

Estos son varios de los ejemplos de egoísmo más cotidianos, y existen muchos otros. ¿Qué problema tienen? La gente actúa así, pensaréis. Si y no. Vivimos en una sociedad que desde que somos pequeños nos enseña que tenemos que ser los mejores en algo y destacar por encima de los demás; tenemos que ser competitivos para que, en el día de mañana, puedas acceder a un buen puesto de trabajo, tener una buena casa y un buen coche, poder mantenerte a ti y a tu familia cómodamente y darte algún caprichito de vez en cuando, para contarlo el lunes en la oficina. No importa cómo, el caso es que ese es el objetivo vital de todas las personas occidentales.

Olvidémonos de trabajar en algo que nos guste, en algo que repercuta a la sociedad, o sencillamente recordemos porqué estamos aquí. ¿Vivir para trabajar, o trabajar para vivir? ¿Trabajar para decirles a los demás quienes somos, cómo somos, cuánto somos? ¿Vivir esclavizados de una casa, un coche o una familia para recordarles a los demás que somos capaces de conseguir cualquier cosa que nos propongamos?

¿De qué estamos hablando?

El egoísmo es ese impulso quizás inicialmente nos ayudó a sobrevivir. Hoy día sobrevivimos en comunidades, el Ser Humano necesita unos de otros para no morir de hambre, sed, enfermedades, frío o calor. Sabemos que necesitamos a nuestros congéneres pero día a día se nos presentan multitud de oportunidades de mejorar esa convivencia, y estoy convencido de que la mayoría, por simple pereza, vergüenza u omisión de “deber moral”, hacemos como que no nos damos cuenta e ignoramos que no vivimos solos y que prácticamente todas nuestras acciones públicas tienen una repercusión mayor que nosotros mismos.

Pensad un rato. Sentaos y recordad qué cosas hacéis durante el día en las que dices: “Bah, si a mi me lo han hecho antes” o “Si no se va a dar cuenta, total…”. Acciones como las que describí arriba.

Pero ahora, mirémonos la otra mano. Recordad esos pequeños momentos en los que le habéis echado una mano a alguien de forma altruista, sin esperar nada a cambio, “porque sí”. Que hasta vosotros mismos os extrañáis de que haya ocurrido con tanta naturalidad y simpatía, con sonrisas por ambas partes: ayudar a alguien a cruzar, echar una mano con un peso grande a algún vecino, hacer algún trabajillo gratis a algún amigo porque lo domináis y no os importa…

Sería raro que nunca se os hubieran planteado alguna de estas situaciones, y sería hasta triste que de haberlo hecho las hubiérais ignorado. Estamos tan sumamente deshumanizados que nos parece extraño el contacto con extraños, aunque sean nuestros iguales y tengan nuestros mismos problemas, las mismas inquietudes, los mismos deseos y las mismas obligaciones. ¿De verdad queremos ser personas a las que TODO el mundo les da igual, a pesar de poder “ayudar”?

Porque admitid que no os cuesta ayudar a cruzar a un ciego por un paso de cebra, que apenas vas a tardar 20 segundos más de lo previsto. Admitid que os resultaría fácil ayudar a alguna vecina mayor que va cargada de bolsas hasta un piso por encima del vuestro, para bajar vosotros luego.

Hay un tipo de egoísmo que me duele más aún: el egoísmo de pensamiento, el egocentrismo. El pensar que todo gira a nuestro alrededor y que somos la luz que ilumina el Universo desde el mismísimo centro de éste. ¿No os lo creéis? Yo todavía conozco gente que cree que sin ellos, la sociedad no funcionaría. Que son imprescindibles allá donde vayan. Tiene solución, que conste: la ignorancia por parte de los demás. A veces tienen sus adoradores, pero normalmente una persona egoísta o egocéntrica termina aislándose a si mismo de una sociedad que se necesita mutuamente.

Ahora ya que cada cual reflexione, si quiere, sobre si su comportamiento es de los que le van dirigiendo a terminar sólo o si por el contrario, sabe vivir en sociedad.

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One comment

  1. Interesante reflexión, como siempre.

    Yo, desgraciadamente, soy de los que voy a termina solo, lo sé, pero humildemente creo que será porque así lo he elegido. Y digo elegido porque justamente al comprobar en qué tipo de sociedad vivimos y qué tipo de gente me rodea, me aferro a las pocas buenas personas que conozco y a la familia, y eso, inevitablemente, hará que algún día me quede solo.

    Hace años que descubrí que “esto no tiene arreglo” (y vamos a peor), que todo pasa por un cambio global de mentalidad, educación y pensamiento, lo que se traduce en un cambio de “sistema”… Esto es a todas luces improbable y casi imposible, aunque me congratulo de encontrar gente como tú, que todavía tiene esperanza y fe en un mundo mejor.

    Mi visión:
    – Mientras desde las bases no se cambie de “estrategia”, favoreciendo el socialismo en sustitución del capitalismo atroz que nos devora, poco habrá que hacer; mientras no se eduque a las nuevas generaciones desde el punto de vista de la “colectividad” y no de la individualidad, poco habrá que hacer; mientras los educadores de esas nuevas generaciones no hayan sido educados en un sistema “colecivo” que “premie” lo social y colectivo en lugar de lo individual, poco habrá que hacer; y mientras los pueblos no elijan a unos gobernantes que favorezcan este tipo de sistemas igualitarios y no discriminatorios, poco habrá que hacer. Como ves, es un círculo vicioso.

    A muchos les sonará todo esto a utopía, a comunismo y a otras tantas cosas catalogadas de “tabú” por esta putrefacta sociedad, pero es la única manera de que las cosas cambien, y eso, amigo mío, no lo verán mis ojos, desgraciadamente…

    Un abrazo.

    Salud!

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