Son sus costumbres y hay que respetarlas. Palabra de gitano.

Una vez una persona me dijo: “Muchacho, nunca seas racista. Así podrás acordarte de la madre de todos por igual”.

Y vaya si tenía razón.

No sólo me considero una persona tolerante sino que encima lo soy, algo de lo que no puede presumir mucha gente en cierto modo. Por suerte me han educado bien y yo mismo he visto que de nada sirve discriminar ni generalizar, pero siento decir que hay algunas veces en los que algunos grupos/razas/etnias/comoqueráisllamarlo cumplen con muchos de los tópicos que sobre ellos pesan y anoche pude comprobar que si, que es cierto: que quizás de manera individual cada uno será como quiera ser, mejores o peores, educados o no, pero cuando están en grupo pesan mucho y se hacen más evidentes. Hoy me apetece hablar de los gitanos.

Vamos a partir de la base de que en casa tenemos trazas gitanas. No muchas, pero haberlas haylas. Y que trabajo en una sala de flamenco cuyo público es bastante diverso, de jóvenes a mayores, gitanos, payos artistas, algún famosillo y gente que simplemente quiere disfrutar un rato de la música, luego estoy no sólo acostumbrado al ámbito sino a que en realidad, me importa muy poco de donde sea cada uno, de dónde sean sus padres o si mantiene la pureza y la honra intacta: yo voy a seguir atendiéndoles igual. El problema viene cuando se trasgreden ciertos límites que no pienso callarme.

De los gitanos se dice que no respetan las normas porque ellos tienen las suyas propias. Dicen que son caóticos, que gritan mucho, que gesticulan mucho y que no se están quietos así los amarres a una silla. Se cae un jarrillo de lata al suelo y ya te hacen una fiesta, eso si. Todos hemos visto alguna vez en Cuatro “Palabra de Gitano” donde se retrata la vida de los mismos en sus diferentes facetas, así que dudo que os esté contando nada nuevo. Pero anoche me tocó vivirlo a mi. Vamos por partes.

1. Tabaco:

Desde primera hora tuve que aguantar que la gente fumase en los baños. Desde que no se puede fumar en bares -y aunque yo mismo fumo- es una alegría poder trabajar y volver a casa hasta las orejas de polvo, vale, pero al menos no me huele toda la ropa a tabaco. Normalmente en la sala algún listillo se me pone a fumar aprovechando las columnas, las esquinas de los reservados VIP, los baños o la salida de emergencia, pero se le dice una vez y no vuelve a repetirlo. No suele ser un problema y si los diera, para eso están los porteros. A última hora la gente ni se cortaba ya: si antes se iban al pasillo de los baños, ahora cómodamente en la mesa se encienden su cigarrito porque saben que hay tantísima gente que va a ser imposible llegar hasta ellos y decirles algo. Y cuando les decía algo, la mayoría se encogían de hombros, tiraban el cigarro y cuando me daba la vuelta encendían otro. “Es que son gitanos, ya sabes. Cualquiera les dice que no” fue la frase que más oí anoche para justificarlo.

2. Gesticulando:

Hay gente que por su naturaleza gesticula más o menos. En estos casos la cultura es un componente esencial, y si pones a un árabe frente a un sueco posiblemente al segundo termine dándole un infarto con tanta información y tan explícita. Pero en el caso de los gitanos es muy característico, sobre todo las mujeres. ¿Qué problema hay? Normalmente ninguno, excepto cuando llevas una bandeja llena de copas a medio metro sobre sus cabezas. Ayer las pase canutas en varias ocasiones esquivando manos al viento. También me pasa cuando se ponen a bailar sevillanas, pero en ese caso directamente no cojo la bandeja.

                              

 Qué guapa va la novia. 

3. Gritando:

Yo normalmente tengo que gritar para comunicarme con la gente allí dentro debido al nivel de la música, pero anoche me faltó ponerme un luminoso en el pecho y dar las gracias por la comprensión. En éste caso era al contrario: ellos gritaban tanto que a mi no me hacía falta. No todo iba a ser malo.

4. Pidiendo respeto

Yo tengo designada una zona para cargar y descargar las copas -como en casi todos los bares/pubs/discotecas- y normalmente suele estar libre, pero anoche tuve que bregar con dos mujeronas que me costó horrores que entendiesen que si se quedaban allí, me molestaban a mi. Tuve que aguantar su pitorreo y sus sonrisillas incluso despectivas, y alguna frase en plan “Mira el payo, qué pesao es“. Más tarde intentando llegar a esa zona y pidiendo permiso/perdón, aparté a uno que me dijo “Que si, que me quito pero me pides las cosas con respeto y por favor”. Otro sordo que nada mas darme la vuelta, irme y volver a soltar más vasos tuve que volver a apartarlo. Así diez o doce veces. Mucha gente me pregunta que cómo lo aguanto y yo les pregunto lo mismo, que cómo lo aguanto.

5. Machismo imperante

Era impresionante como siempre se repetía el mismo patrón: las mujeres sentadas en las mesas y los hombres frente a ellas. Piden ellos, pagan ellos, mandan ellos. Ellas a bailar y a cantar, pero de beber…cocacola y poco más. En cambio cascarse una botella de lo que sea entre cuatro, cinco o diez amigotes mientras ellas miran es de lo más normal.

6. ¿Todos beben lo mismo?

Anoche en mi zona puse al menos 12 botellas con sus correspondientes copas, refrescos e hielo. De las 12, TODAS eran lo mismo: Johnie Walker negro con redbull. Esta bebida se considera premium y por tanto no es nada barata: la botella sale a 120 euros. Nadie se quejó por el precio e incluso alguno pidió dos y tres. En otras mesas llegaron a facturar más de 2000 euros en botellas. Lo que realmente me hace gracia es que todos bebiesen lo mismo, y no lo que estuvieran bebiendo. No se si es moda, o algo como para mostrar el “estatus” personal, a lo que voy ahora.

7. El dinero no es un problema.

Yo no se vosotros, pero ni aunque mañana mismo fuese mi cumpleaños podría yo pagar 120 euros por una botella para bebérmela con mis amigos. Y considerando que la mayoría de los que me pedían debían tener entre 20 y 40 años, entran dentro de ese 45% de parados de Andalucía que supuestamente tienen lo justito para ir tirando. Oye, que igual no y tienen todos sus trabajos y demás, pero la verdad es que me cuesta creérmelo y esto es algo que pienso muy a menudo, sean de donde sean.

Si leyendo ésto os habéis enervado o pensáis que ando cachondeándome de los gitanos nada más lejos de la realidad. En el fondo me gusta conocer y enfrentarme a estas cosas porque te ayudan a ir “capeando” temporales y adaptarte a gente con la que no sueles tratar. Por supuesto también me río mucho con las cosas que me contaban y arte, lo que era arte, se salía hasta por las rendijas del techo.

Y recuerdo de nuevo, antes de finalizar, que me importa bien poco de donde sea cada uno. He escrito ésto a modo de curiosidad y queja al mismo tiempo, porque a veces se utiliza una “debilidad” (en éste caso ser una minoría) para justificar una relajación en las normas tanto las legales como las sociales, porque sigo pensando que si se pide igualdad, tiene que ser igualdad a todos los niveles y en todos los valores. Que si no quieren perder sus costumbres me parece fantástico: allá ellos.

Pero no me fuméis ahí encima que me jodéis la tapicería del asiento, hombre…

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2 comments

  1. Muy interesante la anécdota y la reflexión. Esto me hace recordar un dicho que dice: “A donde fueres haz lo que vieres”. Algo que te dicen mucho, sobre todo cuando sales del país y debes enfrentarte a una nueva cultura. Lo que pasa es que no muchos la aplican y quieren “obligarte” a vivir su propia cultura, sin ni siquiera respetar la del lugar al que llegaste 😦

  2. Muy interesante. Es verdad que hay gente así, gitan@s y pay@s. No puedo decir si es lo general o no, jeje, pero conozco gente así y no son gitan@s: gente que se gasta 120€ en una botella, gente que gesticula y habla a gritos, gente que exige respeto pero no respeta… aunque no todo a la vez. Creo que tener conciencia de minoría hace que se refuercen estereotipos y conductas diferenciadoras del “otro grupo”. Pasa con ell@s pero también por ejemplo cuando l@s andaluces/zas salimos fuera 😛

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