crítica

De la Alameda de Sevilla a Gamonal de Burgos.

Las señales son inequívocas: en España ahora mismo basta con tocar las palmas y tienes una revolución en tu propia puerta. Revoluciones de twitter como yo las llamo, puesto que duran lo mismo que un tweet y se pierden en el tiempo igual que lágrimas en la lluvia, como dijo el célebre Nexus. ¿Quién recuerda a los mineros? ¿O a los estudiantes de Valencia? ¿Los palos de la policía en Plaza Cataluña? Nadie. Tenemos tal sobrecarga de información cada día que la que es realmente relevante acaba siendo sepultada por toda la demás. Pero al menos son indicativos de que algo pasa.

Lo que no podía dejar pasar era ésta oportunidad para hablar del Gamonal porque aunque no lo parezca, en Sevilla nos toca bastante de cerca.

Por lo que leo, Gamonal es un barrio obrero de Burgos que se opone a la reurbanización de la calle Vitoria, una de las arterias principales de la ciudad y no es la primera vez: en 2005 también se opuso a la remodelación de otra calle construcción de un párking en el barrio, aunque entonces sí que se detuvo la obra. El proyecto actual supondría reducir los carriles de circulación y eliminar todos los aparcamientos en superficie para meterlos bajo tierra y privatizarlos a precios desorbitados pero claro, como todo, tiene su aquél: el promotor del proyecto estuvo condenado a dos años de cárcel, el Ayuntamiento andan justitos de dinero (¿Cual no?), han cerrado guarderías por no poder reformarlas al no haber fondos…Vamos, lo normal.

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Son sus costumbres y hay que respetarlas. Palabra de gitano.

Una vez una persona me dijo: “Muchacho, nunca seas racista. Así podrás acordarte de la madre de todos por igual”.

Y vaya si tenía razón.

No sólo me considero una persona tolerante sino que encima lo soy, algo de lo que no puede presumir mucha gente en cierto modo. Por suerte me han educado bien y yo mismo he visto que de nada sirve discriminar ni generalizar, pero siento decir que hay algunas veces en los que algunos grupos/razas/etnias/comoqueráisllamarlo cumplen con muchos de los tópicos que sobre ellos pesan y anoche pude comprobar que si, que es cierto: que quizás de manera individual cada uno será como quiera ser, mejores o peores, educados o no, pero cuando están en grupo pesan mucho y se hacen más evidentes. Hoy me apetece hablar de los gitanos.

Vamos a partir de la base de que en casa tenemos trazas gitanas. No muchas, pero haberlas haylas. Y que trabajo en una sala de flamenco cuyo público es bastante diverso, de jóvenes a mayores, gitanos, payos artistas, algún famosillo y gente que simplemente quiere disfrutar un rato de la música, luego estoy no sólo acostumbrado al ámbito sino a que en realidad, me importa muy poco de donde sea cada uno, de dónde sean sus padres o si mantiene la pureza y la honra intacta: yo voy a seguir atendiéndoles igual. El problema viene cuando se trasgreden ciertos límites que no pienso callarme.

De los gitanos se dice que no respetan las normas porque ellos tienen las suyas propias. Dicen que son caóticos, que gritan mucho, que gesticulan mucho y que no se están quietos así los amarres a una silla. Se cae un jarrillo de lata al suelo y ya te hacen una fiesta, eso si. Todos hemos visto alguna vez en Cuatro “Palabra de Gitano” donde se retrata la vida de los mismos en sus diferentes facetas, así que dudo que os esté contando nada nuevo. Pero anoche me tocó vivirlo a mi. Vamos por partes.

1. Tabaco:

Desde primera hora tuve que aguantar que la gente fumase en los baños. Desde que no se puede fumar en bares -y aunque yo mismo fumo- es una alegría poder trabajar y volver a casa hasta las orejas de polvo, vale, pero al menos no me huele toda la ropa a tabaco. Normalmente en la sala algún listillo se me pone a fumar aprovechando las columnas, las esquinas de los reservados VIP, los baños o la salida de emergencia, pero se le dice una vez y no vuelve a repetirlo. No suele ser un problema y si los diera, para eso están los porteros. A última hora la gente ni se cortaba ya: si antes se iban al pasillo de los baños, ahora cómodamente en la mesa se encienden su cigarrito porque saben que hay tantísima gente que va a ser imposible llegar hasta ellos y decirles algo. Y cuando les decía algo, la mayoría se encogían de hombros, tiraban el cigarro y cuando me daba la vuelta encendían otro. “Es que son gitanos, ya sabes. Cualquiera les dice que no” fue la frase que más oí anoche para justificarlo.

2. Gesticulando:

Hay gente que por su naturaleza gesticula más o menos. En estos casos la cultura es un componente esencial, y si pones a un árabe frente a un sueco posiblemente al segundo termine dándole un infarto con tanta información y tan explícita. Pero en el caso de los gitanos es muy característico, sobre todo las mujeres. ¿Qué problema hay? Normalmente ninguno, excepto cuando llevas una bandeja llena de copas a medio metro sobre sus cabezas. Ayer las pase canutas en varias ocasiones esquivando manos al viento. También me pasa cuando se ponen a bailar sevillanas, pero en ese caso directamente no cojo la bandeja.

                              

 Qué guapa va la novia. 

3. Gritando:

Yo normalmente tengo que gritar para comunicarme con la gente allí dentro debido al nivel de la música, pero anoche me faltó ponerme un luminoso en el pecho y dar las gracias por la comprensión. En éste caso era al contrario: ellos gritaban tanto que a mi no me hacía falta. No todo iba a ser malo.

4. Pidiendo respeto

Yo tengo designada una zona para cargar y descargar las copas -como en casi todos los bares/pubs/discotecas- y normalmente suele estar libre, pero anoche tuve que bregar con dos mujeronas que me costó horrores que entendiesen que si se quedaban allí, me molestaban a mi. Tuve que aguantar su pitorreo y sus sonrisillas incluso despectivas, y alguna frase en plan “Mira el payo, qué pesao es“. Más tarde intentando llegar a esa zona y pidiendo permiso/perdón, aparté a uno que me dijo “Que si, que me quito pero me pides las cosas con respeto y por favor”. Otro sordo que nada mas darme la vuelta, irme y volver a soltar más vasos tuve que volver a apartarlo. Así diez o doce veces. Mucha gente me pregunta que cómo lo aguanto y yo les pregunto lo mismo, que cómo lo aguanto.

5. Machismo imperante

Era impresionante como siempre se repetía el mismo patrón: las mujeres sentadas en las mesas y los hombres frente a ellas. Piden ellos, pagan ellos, mandan ellos. Ellas a bailar y a cantar, pero de beber…cocacola y poco más. En cambio cascarse una botella de lo que sea entre cuatro, cinco o diez amigotes mientras ellas miran es de lo más normal.

6. ¿Todos beben lo mismo?

Anoche en mi zona puse al menos 12 botellas con sus correspondientes copas, refrescos e hielo. De las 12, TODAS eran lo mismo: Johnie Walker negro con redbull. Esta bebida se considera premium y por tanto no es nada barata: la botella sale a 120 euros. Nadie se quejó por el precio e incluso alguno pidió dos y tres. En otras mesas llegaron a facturar más de 2000 euros en botellas. Lo que realmente me hace gracia es que todos bebiesen lo mismo, y no lo que estuvieran bebiendo. No se si es moda, o algo como para mostrar el “estatus” personal, a lo que voy ahora.

7. El dinero no es un problema.

Yo no se vosotros, pero ni aunque mañana mismo fuese mi cumpleaños podría yo pagar 120 euros por una botella para bebérmela con mis amigos. Y considerando que la mayoría de los que me pedían debían tener entre 20 y 40 años, entran dentro de ese 45% de parados de Andalucía que supuestamente tienen lo justito para ir tirando. Oye, que igual no y tienen todos sus trabajos y demás, pero la verdad es que me cuesta creérmelo y esto es algo que pienso muy a menudo, sean de donde sean.

Si leyendo ésto os habéis enervado o pensáis que ando cachondeándome de los gitanos nada más lejos de la realidad. En el fondo me gusta conocer y enfrentarme a estas cosas porque te ayudan a ir “capeando” temporales y adaptarte a gente con la que no sueles tratar. Por supuesto también me río mucho con las cosas que me contaban y arte, lo que era arte, se salía hasta por las rendijas del techo.

Y recuerdo de nuevo, antes de finalizar, que me importa bien poco de donde sea cada uno. He escrito ésto a modo de curiosidad y queja al mismo tiempo, porque a veces se utiliza una “debilidad” (en éste caso ser una minoría) para justificar una relajación en las normas tanto las legales como las sociales, porque sigo pensando que si se pide igualdad, tiene que ser igualdad a todos los niveles y en todos los valores. Que si no quieren perder sus costumbres me parece fantástico: allá ellos.

Pero no me fuméis ahí encima que me jodéis la tapicería del asiento, hombre…

Paul Walker VS El General Armada: ¿Qué muerte importa más?

Iba a decir que “ayer el mundo del cine y la sociedad se levantaba empañada en lágrimas por la muerte de Paul Walker” y a escribir algo acerca de lo rápido que viven algunas personas…pero luego me ha dado pereza.

Si, una pereza terrible porque desde que los humanos nos sentamos a conversar y hacemos “sociedad”, me asombra una barbaridad ver qué es lo que realmente tiene importancia sobre nosotros y qué no, y de qué material estará hecho el cristal ese con el que miramos las cosas para que unas nos afecten terriblemente y otras sencillamente nos las pasemos por el arco del triunfo.


Ayer mismo murió el General Armada, uno de los golpistas del 23-F que en 1981 fue condenado a 30 años y que de haber triunfado la rebelión hubiese sido el Presidente del Gobierno. Vamos, que estaba untado en manteca. Fue condenado a 30 años de cárcel que hubieran finalizado en 2011, hace dos años, pero “por motivos de mala salud” fue indultado la nochebuena de 1988. Debía ser una mala salud de hierro
Ahora todos se deshacen en elogios porque al fin y al cabo, “eran otros tiempos” o “no fue su culpa, se dejó llevar” y así hasta hacerle santo. Que por cierto, por si no lo habéis leído en Wikipedia aún: éste general fue el que quería hacerse el listo dejando que Tejero se comiese el marrón de ir al Parlamento y destrozar el techo, y que él llegase después y le dijese algo como: “Venga Tejero guapo, ya está, ya pasó. Ahora déjanos a los mayores” y así poder asumir él la Jefatura del Estado, y no un simple Guardia Civil.

Un día antes, como decía al principio, fallecía el actor Paul Walker y !oh maldito Destino! que te lo has ido a llevar dentro de un coche, tal y como se pasó la última década interpretando el papel de Brian O’Conner en la saga iniciada por “Too fast, too furious”. Si hombre si, es esa serie de películas en las que cuando sales, coges tu Seat Córdoba del 98 y sales racheando del cine y cogiendo las curvas lo más cerradas posible para que tu novia se pase el trayecto hasta casa agarrada a la asita que hay encima de la ventanilla del copiloto con la mano derecha y con la izquierda el bolso para que no acabe revoloteando sobre la guantera.

El General Armada. De Walker no pongo foto porque ese sí sabéis quién es.  ABC.es

El caso es la repercusión que han tenido ambas muertes en mi entorno y lo relativa que es la importancia para la sociedad: el general golpista ha muerto plácidamente en su cama tras años y años de cuidar camelias en su casa de La Coruña; un general que a punto estuvo de volver a sumir a España en una dictadura militar, y no parece importarle a nadie el hecho de que haya escapado con esa impunidad.
En cambio, la muerte de un actor cuya capacidad interpretativa deja que desear, cuyo único valor es tener buen físico y que encima su único premio de mayor relevancia haya sido otorgado por la MTV ha aparecido en todos los medios una y otra vez y hasta con cierto morbo, ya que hay un vídeo disponible del coche en llamas con el actor dentro. Al actor no se le ve, por si habíais ido corriendo a Youtube a buscarlo. Las redes sociales están colmadas de mensajes de despedidas, llantos virtuales y una turba de plañideras lamentando la muerte de “un ser tan especial”.

Con esto quiero decir que efectivamente, en este mundo hay muertes de primera y muertes de segunda, y hasta de tercera y cuarta clase. La muerte de un actor que en principio tampoco es para tanto es la que ocupa más horas en medios de comunicación y redes sociales. Al General golpista ni lo mencionamos a pesar de su relevancia para la Historia de España y ni mucho menos nos acordamos ya del desastre de Filipinas o de la necesidad urgente que existe de que vivamos a otro ritmo para evitar sentenciar el lugar donde vivimos.

Puede que yo esté todo el día pensando en cómo mejorar éste mundo, pero os garantizo que lo que no estoy haciendo es lo contrario.

Y el 15M triunfó: la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana.

Durante la gestación de lo que hoy se conoce 15M, aquél verano en el que casi todo eran buenas intenciones, propuestas e ideas más o menos brillantes -aún me escuecen las biodanzas, ¡lo siento!- siempre se dijo que lo que había que conseguir era derribar este sistema político bipartidista y con muy, muy poca vergüenza.  Al principio todo se vistió de “chiquillada” por parte de una prensa desconcertada y de unos políticos a los que se les pilló con las bragas por los tobillos y sin saber hacia donde correr. Se ignoró por completo que miles de personas estaban inventando hasta nuevos métodos para manifestarse y protestar haciendo valer los derechos que nuestra sacrosanta -y tan violada- Constitución otorga.

Después vinieron las comparaciones: el 15M es ETA. Ada Colau es ETA. Las tartas son ETA. Mamá es ETA. Las cejas de la panadera son ETA. Yo mismo soy ETA. Y al final por hacernos los guays, la verdadera ETA termina en la calle. Cuántas risas se han echado esos grandes periódicos viendo a los muchachos acampar en las plazas como si fuera una colonia de verano, ¿verdad? Y cuántas carcajadas viendo sus reivindicaciones: “Por un futuro mejor”, “No hay pan para tanto chorizo”, “Vendo Opel Corsa”… ¿Quienes se han creído para llorar así? Los políticos somos nosotros, no ellos. Aquí nadie llora mejor que nosotros.”

Pero entonces la cosa se puso seria. “Unos cuantos muchachos” rodearon el Congreso y la Policía no sabía donde meterse. Unos cuantos muchachos le dieron una manta de palos a unos antidisturbios por atacar a ciudadanos pacíficos. Unos cuantos muchachos han puesto repetidamente en jaque la capacidad de reacción de un Gobierno. Unos cuantos muchachos dijeron “NO LIMPIAMOS MÁS” y cogieron por las pelotas a una alcaldesa adicta al café. Y así les llegó el miedo.

El título de la entrada no es casualidad: la consecuencia más evidente de que todo lo que se gestó en su día hace más de dos años es que el Gobierno está acojonado. ¿Qué motivo habría sino para presentar una ley tan represora y fascista en nombre de la tan difamada y prostituída libertad? A grandes rasgos, de aprobarse dicha ley:

-Grabar en vídeo a un policía y su difusión (un retweet ya se considera difusión) : de 30.001 a 600.000 euros
-Insultar o agredir a un policía, incluso en legítima defensa: de 1.001 a 30.000 euros.
-Llevar puesto “algo” que impida la identificación de un sujeto durante una manifestación. ¿Cuenta el hijab?
-Se considerarán infracción muy grave los escraches. Del tirón.
-Las protestas sin comunicación previa (que se pueden hacer perfectamente) frente a edificios institucionales, centrales nucleares o aeropuertos -por si deciden huir, imagino- también serán infracciones.

Estas son algunas de las perlas que el Gobierno quiere sacar adelante para sustituir la ya manida y mohosa “Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana a.k.a Ley Corcuera”, la famosa de la “patada en la puerta”. ¿Que porqué se llama así? Porque intentaron colar también algo que hoy nos parece normal gracias a la televisión: pegarle una patada a la puerta si un Policía cree que la estás liando parda o poniéndote fino en el salón. No lo consiguieron entonces: ahora es peor aún, pueden requisarte el teléfono sin pedir permiso alguno a un juez para, por ejemplo, obligarte a borrar la foto donde apareces matando a un empresario en pleno Raval.

Pues esta nueva Ley viene básicamente a dejar en bragas a su predecesora. Así como os lo digo. Se acabó manifestarse y descargar la ira que provoca un porrazo en el lomo contra el policía que te lo da; aunque no os lo creáis, detrás de esa armadura cibernética y tras esas mandíbulas apretadas por el odio hay unos seres sensibles y tiernos que piden a Dios y al Gobierno que por favor, “hay unos cuantos muchachos que me están insultando y el psicólogo es carísimo”.

Violencia capilar.

Se acabó reunirse frente a la Casa del Pueblo, el Congreso de los Diputados o “Esa casa de putas tan grande”, ya que sus señorías no pueden seguir trabajando a gusto en su interior ni beberse tranquilos sus gintonics a 3.50. Que por cierto, si ponen buena música me apunto, por mi zona los cubatas valen de 5 euros para arriba. Paga el Estado, claro.

Se acabó que el pueblo diga “Hasta aquí hemos llegado” y se plante allá donde quiera y reivindique lo que crea justo para sus iguales. Se acabaron las huelgas de basuras o los desfiles de tractores por las ciudades, ya que también es sancionable el hecho de interrumpir el paso en la vía pública.

Pero todo ésto me da esperanzas, porque yo me imagino a un Gobierno acojonado porque ya no sabe cómo contener a un pueblo que cada día está más y más furioso; un pueblo que está abriendo los ojos a tantas injusticias y que está al borde de la desesperación por ver como los que roban a manos llenas salen impunes o indultados, en cambio ten valor para retrasarte en el pago de una letra del banco.

El 15M inició una nueva forma de manifestarse, de moverse, e incluso de pensar de forma más colectiva y su consecuencia principal es que tenemos a un gobierno lanzando leyes a diestro y siniestro y aprovechándose de una mayoría absoluta para aplicarla cuanto antes. El pueblo está forzando al Gobierno a defenderse de fascistoides maneras. Están asustados.

Y lo sabemos.

Un tifón cada día: 10.000 muertes por malnutrición.

Estos días muchos estamos sobrecogidos por el impacto que el tifón Haiyan o Yolanda ha tenido en Filipinas: a día de hoy se contabilizan más de 10.000 muertes y un rango de destrucción nunca visto en el planeta en condiciones similares.

Pero más aún que estas muertes, que son una auténtica desgracia, lo que más me llama la atención es el tratamiento que los Mass Media les dan a éste tipo de noticias según sea el país donde suceden. Pongamos un ejemplo que seguro que muchos recordaréis: el huracán Katrina.

El huracán Katrina golpeó el sur de Estados Unidos fue el más potente de los que ocurrieron durante 2005 en el Atlántico cuantificándose sus daños en unos 110.000 millones de dólares y dejando tras de si 1833 víctimas, al menos en los registros oficiales si bien sigue habiendo un centenar de desaparecidos. La potencia de éste huracán fue menor que el ocurrido en Filipinas, alcanzando rachas de 280 kms/h sostenidos durante más de un minuto, mientras que el tifón superó con creces los 320 kms/h durante ese mismo lapso de tiempo. Todos los medios de comunicación se volcaron durante horas y horas, dedicando portadas desde antes de que el huracán tocase tierra y devastase todo a su paso. La cobertura fue espectacular.

En cambio, el tifón filipino parece ser menos importante para nuestras televisiones y medios en general. Con cinco veces más muertos que el Katrina y unos daños imposibles de cuantificar (aún) parece que si se nace en el Pacífico es menos importante que si te crías en Louisiana. Unos muertos tienen más valor que otros a ojos de los medios ya que si recordáis, hubo hasta programas especiales en TV incluso en ayuda de las víctimas del Katrina.

Aún podemos apretar más las tuercas y comprobar que los grandes medios sólo atienden a aquello que quieren que atendamos: a diario en el mundo existen peores cosas que un gran tifón, que si bien por lo espectacular del suceso llama la atención, sus consecuencias son nimias comparadas con otros problemas graves y que en cambio si tienen solución. Veamos algunos ejemplos:

Cada dia mueren en el mundo más de 20.000 personas por el cáncer. Más de 800 personas cada hora por motivos que podrían tener solución si se les dedicase no ya más atención y ayuda a la prevención, sino inversión científica y médica. En España sólo podemos esperarnos un aumento de los casos debido a los sucesivos recortes en el ámbito.

Cada día mueren en el mundo más de 10.000 niños por malnutrición. Aparece en determinadas campañas televisivas pero no es algo que se muestre a pesar de ser más devastador que un huracán. Sólo hay que echar un vistazo a nuestro alrededor para saber que en Occidente se desperdicia toda la comida que podamos y más.

Cada día mueren en el mundo más de 4300 personas por las complicaciones derivadas del VIH. La gente sólo parece acordarse cuando hay que llevar un lacito rojo o cuando se tiene que cambiar la foto de Facebook. Una buena prevención y educación sexual deberían bastar para evitar nuevos contagios.

Cada día mueren en el mundo más de 3200 personas en accidentes de tráfico, muchos de ellos relacionados con el consumo de alcohol y drogas al volante. La solución es casi obvia.

Con todo esto no quiero sumiros en ninguna depresión: en algunos campos como el del VIH o los accidentes de tráfico se han conseguido mejorar las cifras. Lo que vengo a criticar realmente es el tratamiento que tienen todos estos sucesos, igual de escalofriantes en cifras o más que el Yolanda, pero que debido a que no son igual de llamativos que un destructor ciclón apenas recalan en nuestros televisores o prensa diaria, y pasan desapercibidos ante la población incluso teniendo solución. Si dentro de dos semanas un terremoto se traga media China, nadie recordará ya a las víctimas del Yolanda pero porque tampoco nos dejan: para eso se bombardea a la población con lo que interesa que realmente sepan.