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Micro-relaciones I

Una de las cosas que más me impresiona de los hoteles ahora que los conozco un poquito mejor por dentro es algo que he decidido bautizar como “micro-relaciones“. Las definiría como la relación que surge entre un trabajador y un cliente durante la estancia, que puede ser más o menos breve, y depende tanto del carácter del trabajador como del que tenga el huésped.

Y eso es lo que quería volcar aquí: las pequeñas relaciones que surgen con algunas personas y que precisamente me parecen increíbles por lo breves e intensas que son. Todo lo que ponga aquí es lo que me cuentan durante su estancia, normalmente en el trayecto desde la recepción a la habitación. Yo les cuento cómo funciona el hotel y ellos me cuentan, en ocasiones, cómo funcionan sus vidas. Pongo varios ejemplos reales aunque obviamente omitiré nombres por discreción:

Lady Margaret: tendrá cerca de los 85 años, es del sur de Inglaterra aunque vive en Londres y viaja sola porque dice que aunque su marido murió hace mucho, ella se sigue sintiendo muy viva. Habla de la muerte con total naturalidad y dice algo que me impresiona: “No voy a esperar a la muerte sentada, joven“.  Enjuta, de pelo suelto, cano y ojos claros, en general puede valerse por si misma pero ha pedido una silla de ruedas para desplazarse por el hotel. Nuestra micro-relación comienza con un compañero pidiéndome que la lleve a su habitación, mientras por el camino me va narrando cuánto le gusta aprovechar sus últimos años de vida para conocer lo que jamás pudo por haberse dedicado a su familia. Es fan de los Beatles, le gusta muchísimo el jamón serrano y dice que este es el manjar más exquisito que jamás ha probado. Ha habido tanta buena conexión que me ha pedido si la podía dejar recostada en la cama, y si no me importaría quitarle los zapatos ya que ella sola no se alcanzaba. No siempre es fácil “tocar” a alguien. Al despedirme de ella con el pellizquito en el pecho es cuando se me ha ocurrido esta entrada.

(Esta noche tendrá por cortesía del hotel una tapa mientras oye al pianista que viene cada noche.)

Los Jakobsson: son suecos y es la tercera vez que vienen a Sevilla. Nunca había coincidido con un cliente nórdico tan de cerca y al contrario de lo que me imaginaba, les encanta gastar bromas, contar chistes y conocer secretos del lugar donde se hospedan, ya que creen que cada lugar es un mundo y que merece ser conocido hasta el final. Les cuento acerca de clientes ilustres que han pasado por su misma habitación y se despiden en sueco, dándome propina en coronas. No era mucho, pero para mi ha sido aún mejor que si me la hubieran dado en euros, os lo aseguro.

La Sra. Smith: viaja sola y con sus dos hijos, uno de los cuales cumple años el mismo día que yo. Como con sus hijos no puede hablar de ciertos temas que a ellos les parecerían aburridos, lo hace conmigo cada vez que me encuentra por los pasillos. Su marido es un próspero agente de viajes que apenas pasa por Londres, que es donde vive. Por eso ella y los críos, cuando pueden, se escapan por el mundo. La noche anterior la habían pasado en algún punto sobre Pakistán y Grecia, aunque no lo recuerdan porque se quedaron dormidos a mitad del vuelo procedente de Yakarta. Se despidió de mi dándome dos sonoros besos en la cara y un fuerte achuchón justo delante de mis jefes, en plena recepción. 

El Sr. Rios: viene de Barcelona con su novio, su hijo y la novia de éste. Es empresario y está acostumbrado a venir a Sevilla, pero hacía al menos tres años que no venía al hotel y no conoce las novedades. Me ha agradecido una barbaridad que le hiciera un pequeño “circuito” por los bares de tapas y copas menos conocidos por el turismo y que le ofreciera una alternativa distinta a la que aparece en las guías. Se hospeda en una de mis suites preferidas, la 138-140, en la que algún día me gustaría hospedarme sólo por ver qué se siente. También queda encantado con lo rápido que se le ha solucionado un problema técnico de la habitación.

Sres. Aldrich-Akita: son un matrimonio que al preguntar de donde provienen, dicen “Es complicado. Digamos Inglaterra”. Reímos los tres. Ella es oriental, seguramente hija de japoneses. Son jóvenes, no alcanzan los 40 años y es su aniversario de bodas. Una vez vinieron a Sevilla, pasaron por la puerta del hotel y quedaron encantados con todo lo que vieron, así que hace diez días decidieron hacer una reserva y sin importar el coste, venir a celebrar que se siguen queriendo. Yo iba con la ventaja de conocer la habitación y sabía que les encantaría, ya que tiene una enorme terraza con vistas a la ciudad, a la Catedral concretamente, que los deja embobados. Sobre el escritorio tienen una cubitera con una botella de cava y la cama está cubierta de pétalos de rosa, ya que desde la central se nos avisa que eran clientes habituales de la compañía y que era un día especial para ellos. Ella de hecho, estaba especialmente emocionada por todo.

Estas pequeñas historias biográficas que a priori pueden parecer poco más que meros cotilleos sin interés son precisamente para mi el valor principal del hotel: el factor humano, el componente más impredecible de todos. Todas esas personas y yo hemos confluido en el espacio y el tiempo precisamente para contarnos esas breves historias para luego cada uno seguir su camino.

Y eso es precisamente lo que me maravilla de todo este asunto: son relaciones tan efímeras que o las aprovechas, las degustas y las disfrutas como yo ahora mismo, o sencillamente las olvidas y te conviertes en una máquina que transporta gente de un lugar a otro, igual que hace un coche o un vagón de metro.

No sé si os gustarán a vosotros o no, pero yo por si acaso seguiré apuntando aquí algunas de esas historias, no vaya a ser que se me olviden.

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