laboral

Ésta entrada cambiará tu vida.

¿Qué? ¿Agobiado por el paro? ¿Harta de echar currículums hasta en el buzón de los Reyes Magos?

Evidentemente la cosa está muy, muy negra y posiblemente más que lo estará. Pero déjame darte un consejo que a mi me ha servido: no puedes sentarte a llorar en un rincón y esperar a que el mundo se arregle solo. ¡Hay que ponerse en marcha ahora mismo! Pero te preguntarás…¿por dónde empiezo?

Creo que todos hemos pasado por situaciones mejores y peores. En mi caso, hubo una vez que le adeudaba a mi casero tres meses de alquiler porque aún estaba pagando los tres anteriores. Me pateaba las calles una y otra vez en búsqueda de “algo” porque tan sólo estaba poniendo copas en una discoteca y eso, en Barcelona, no da ni para respirar. Cuando volví a Sevilla repetí el mismo plan y encontré alguna cosilla, pero más de lo mismo: trabajos mal remunerados, horarios intempestivos y altamente variables, sin contrato… Con el tiempo me di cuenta de que siempre seguimos la misma dinámica y casi siempre obtenemos los mismos resultados: o un NO rotundo disfrazado de llamada ausente, o un empleo en condiciones precarias.

Pero hay una solución. Si, como lo oyes: la hay.

Yo les llamo “Empresarios 3.0“. Escriben ebooks, venden productos de Amazon, ganan dinero suficiente para irse a vivir experiencias por todo el mundo, no se preocupan en exceso por el futuro lejano, disfrutan de la vida aprovechando todos los recursos que tienen a mano y encima lo comparten con todos ¿Os suenan las palabras “start-ups”, “negocios pasivos”, “business angels”, “landing webs”? A mi también me asustaban, pero ¡hay tanto por descubrir!

Son gente que han decidido abandonar el camino “tradicional” de terminar de estudiar una carrera, buscar trabajo, trabajar ocho horas y vivir una vida estresante para encontrar nuevas fórmulas de negocio e ingresos que yo mismo he podido comprobar que funciona cuando abrí la página Yaraqué.com. Yo, que soy un zote para estas cosas, conseguí poquito a poco abrir un pequeño negocio online con un coste mínimo y que apenas tres meses después ya empieza a dar ingresos. OJO, pocos, pero los da. Cierto es que no le he dedicado todas mis fuerzas, pero podría hacerlo. Eso si, hay que echarle horas. Pero una vez echadas, es cuestión de dedicarle un ratito: menos de lo que gastaríais yendo a echar currículums por toda la ciudad.

¿Queréis saber cómo hacerlo?

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Micro-relaciones I

Una de las cosas que más me impresiona de los hoteles ahora que los conozco un poquito mejor por dentro es algo que he decidido bautizar como “micro-relaciones“. Las definiría como la relación que surge entre un trabajador y un cliente durante la estancia, que puede ser más o menos breve, y depende tanto del carácter del trabajador como del que tenga el huésped.

Y eso es lo que quería volcar aquí: las pequeñas relaciones que surgen con algunas personas y que precisamente me parecen increíbles por lo breves e intensas que son. Todo lo que ponga aquí es lo que me cuentan durante su estancia, normalmente en el trayecto desde la recepción a la habitación. Yo les cuento cómo funciona el hotel y ellos me cuentan, en ocasiones, cómo funcionan sus vidas. Pongo varios ejemplos reales aunque obviamente omitiré nombres por discreción:

Lady Margaret: tendrá cerca de los 85 años, es del sur de Inglaterra aunque vive en Londres y viaja sola porque dice que aunque su marido murió hace mucho, ella se sigue sintiendo muy viva. Habla de la muerte con total naturalidad y dice algo que me impresiona: “No voy a esperar a la muerte sentada, joven“.  Enjuta, de pelo suelto, cano y ojos claros, en general puede valerse por si misma pero ha pedido una silla de ruedas para desplazarse por el hotel. Nuestra micro-relación comienza con un compañero pidiéndome que la lleve a su habitación, mientras por el camino me va narrando cuánto le gusta aprovechar sus últimos años de vida para conocer lo que jamás pudo por haberse dedicado a su familia. Es fan de los Beatles, le gusta muchísimo el jamón serrano y dice que este es el manjar más exquisito que jamás ha probado. Ha habido tanta buena conexión que me ha pedido si la podía dejar recostada en la cama, y si no me importaría quitarle los zapatos ya que ella sola no se alcanzaba. No siempre es fácil “tocar” a alguien. Al despedirme de ella con el pellizquito en el pecho es cuando se me ha ocurrido esta entrada.

(Esta noche tendrá por cortesía del hotel una tapa mientras oye al pianista que viene cada noche.)

Los Jakobsson: son suecos y es la tercera vez que vienen a Sevilla. Nunca había coincidido con un cliente nórdico tan de cerca y al contrario de lo que me imaginaba, les encanta gastar bromas, contar chistes y conocer secretos del lugar donde se hospedan, ya que creen que cada lugar es un mundo y que merece ser conocido hasta el final. Les cuento acerca de clientes ilustres que han pasado por su misma habitación y se despiden en sueco, dándome propina en coronas. No era mucho, pero para mi ha sido aún mejor que si me la hubieran dado en euros, os lo aseguro.

La Sra. Smith: viaja sola y con sus dos hijos, uno de los cuales cumple años el mismo día que yo. Como con sus hijos no puede hablar de ciertos temas que a ellos les parecerían aburridos, lo hace conmigo cada vez que me encuentra por los pasillos. Su marido es un próspero agente de viajes que apenas pasa por Londres, que es donde vive. Por eso ella y los críos, cuando pueden, se escapan por el mundo. La noche anterior la habían pasado en algún punto sobre Pakistán y Grecia, aunque no lo recuerdan porque se quedaron dormidos a mitad del vuelo procedente de Yakarta. Se despidió de mi dándome dos sonoros besos en la cara y un fuerte achuchón justo delante de mis jefes, en plena recepción. 

El Sr. Rios: viene de Barcelona con su novio, su hijo y la novia de éste. Es empresario y está acostumbrado a venir a Sevilla, pero hacía al menos tres años que no venía al hotel y no conoce las novedades. Me ha agradecido una barbaridad que le hiciera un pequeño “circuito” por los bares de tapas y copas menos conocidos por el turismo y que le ofreciera una alternativa distinta a la que aparece en las guías. Se hospeda en una de mis suites preferidas, la 138-140, en la que algún día me gustaría hospedarme sólo por ver qué se siente. También queda encantado con lo rápido que se le ha solucionado un problema técnico de la habitación.

Sres. Aldrich-Akita: son un matrimonio que al preguntar de donde provienen, dicen “Es complicado. Digamos Inglaterra”. Reímos los tres. Ella es oriental, seguramente hija de japoneses. Son jóvenes, no alcanzan los 40 años y es su aniversario de bodas. Una vez vinieron a Sevilla, pasaron por la puerta del hotel y quedaron encantados con todo lo que vieron, así que hace diez días decidieron hacer una reserva y sin importar el coste, venir a celebrar que se siguen queriendo. Yo iba con la ventaja de conocer la habitación y sabía que les encantaría, ya que tiene una enorme terraza con vistas a la ciudad, a la Catedral concretamente, que los deja embobados. Sobre el escritorio tienen una cubitera con una botella de cava y la cama está cubierta de pétalos de rosa, ya que desde la central se nos avisa que eran clientes habituales de la compañía y que era un día especial para ellos. Ella de hecho, estaba especialmente emocionada por todo.

Estas pequeñas historias biográficas que a priori pueden parecer poco más que meros cotilleos sin interés son precisamente para mi el valor principal del hotel: el factor humano, el componente más impredecible de todos. Todas esas personas y yo hemos confluido en el espacio y el tiempo precisamente para contarnos esas breves historias para luego cada uno seguir su camino.

Y eso es precisamente lo que me maravilla de todo este asunto: son relaciones tan efímeras que o las aprovechas, las degustas y las disfrutas como yo ahora mismo, o sencillamente las olvidas y te conviertes en una máquina que transporta gente de un lugar a otro, igual que hace un coche o un vagón de metro.

No sé si os gustarán a vosotros o no, pero yo por si acaso seguiré apuntando aquí algunas de esas historias, no vaya a ser que se me olviden.

Odiosos trabajadores.

No me considero una persona extraordinariamente quejica, la verdad, pero lo de hoy ya es que me enerva hasta tal punto que necesito compartirlo básicamente para no cagarme en los muertos de nadie yo sólo y poder hacerlo más a coro, más social.

Algunos sabréis que estoy de prácticas en un hotel. Tengo suerte: no me explotan, cumplen con las horas estipuladas, no me hacen hacer el “trabajo sucio” de nadie y tengo que decir que me lo paso bastante bien…exceptuando esos momentitos en los que te cruzas con ciertos compañeros que parece que desde que se levantan hasta que se acuestan rezuman mala leche como un mal botijo. Ya hablé una vez de ello por aquí, pero hoy quiero hacer énfasis en el tema y luego entenderéis por qué.

Mi trabajo consiste en dar la bienvenida al nuevo cliente, hablar un poco con él, contarle cosas del hotel, darle algunos horarios, algunos sitios donde ir, acompañarle a la habitación, enseñársela y algunas tareas más. Como veis, es algo muy ecléctico y que toca muchos “palos” como quien dice, por tanto me cruzo a lo largo del día con muchos departamentos. Y en ellos me he ido encontrado gente como:

1. El típico que anda siempre más pendiente de lo que haces tú que de su propio trabajo, para ver si fallas y tiene algo que comentar con el resto porque su vida es tan jodidamente insípida e insustancial que necesita rellenarla de estas cositas.

2. La subnormal de turno que piensa que “como eres de prácticas, no debes quejarte jamás ni proponer nada“.

3. El vinagres-senior: ya hablé de esta gente alguna vez pero es que cada vez que me cruzo con ellos me asombro y los admiro, porque son unos supervivientes natos. Vamos, que no entiendo como siguen vivos y sin que nadie les haya partido la cara por bordes. Para ellos todo son malas caras hacia los demás de su nivel o inferior, desprecian cualquier gesto de buena voluntad y están deseando llegar a sus casas porque odian al mundo tanto o más de lo que el mundo les odia a ellos. Bastaba con una sonrisa sincera, gracias.

4. El vinagres-junior o aprendiz de vinagres: lo mismo que lo anterior, pero en lugar de tener 40, 50 o 60 años, apenas alcanzará los 25 o 30. Tiene más cojones, porque siendo tan jóvenes y tan amargados…

5. La típica que sólo saluda delante de los jefes, pero el resto del tiempo no sabe si eres hombre o mujer, si estás vivo o no respiras, etc.

6. Y cómo no, y más en el mundo de la hostelería, tenemos a un personajillo atento, gracioso y simpático cuya lengua es capaz de limpiar tu culo y el de todos tus ancestros hasta la cuarta o quinta generación de un sólo lengüetazo con tal de caer bien y conservar su puesto de trabajo precisamente para ocultar lo poco que trabaja, cuánto se escaquea o lo torpe que es para desempeñar dicha tarea. A veces ya lo hacen por vicio y todo.

No me quiero calentar con estos personajes, pero sencillamente les recomendaría, si alguna vez leen esto y se sienten identificados (aunque no lo harán, al menos lo segundo porque una persona de estas características no sabe o no quiere saber que lo es) yo les recomendaría sencillamente que se tomaran las cosas de una forma más…suave. Más agradable. Que empiecen a apreciar un poco a los demás y lo que los demás pueden llegar a hacer por y con ellos.

Todos tenemos días malos, incluso etapas malas. Puede incluso caerte mal alguien del trabajo y sencillamente, no soportar nada de lo que haga. Pero por favor, que para trabajar hay seis millones de personas esperando y seguro que cogerán un puesto de trabajo como esos con buena gana, ánimo y empatía precisamente porque saben lo que es sentirse ninguneado como yo me he visto hoy.

Que todos tenemos más o menos problemas es obvio. Que todos tenemos preocupaciones, también, para qué engañarnos.

Que todos nosotros, los trabajadores de toda la vida de los diversos sectores estamos más jodidos que nunca, más divididos, más confrontados y más acojonados por culpa del devenir de la política durante esta última década, el “sálvese quién pueda“, y que en lugar de tirarnos piedras sobre nuestro propio tejado, joder, podríamos echarnos una mano mutuamente haciendo algo de piña, aunque fuera simplemente solidarizarse con alguien del mismo gremio al que poder echarle una mano en un caso puntual. O resumiendo: no jodernos la marrana entre nosotros, que bastante nos joden desde arriba ya.

Pero no me toquéis más la moral, por favor. Vivid y dejad vivir a los demás, que tampoco es tan complicado.

No soy un esclavo (II)

¿Recordáis la entrada “No soy un esclavo“? Vamos a darle una nueva vuelta a esta tuerca, porque parece que algunos no se quedan a gusto.

Tras despedirme del local anterior de malas formas y por un motivo de dudosa validez quedó “pendiente” que ellos me entregaran un sobre con 21 euros que me faltaban y yo devolviese las camisas del uniforme que utilizaba. Nadie más volvió a decir nada hasta hoy, cuando mi ex-encargado-directo me ha llamado. Lo primero que se me ha venido a la cabeza es “capaces son de denunciarme o algo” y luego un “quizás quieren que vuelva a trabajar…”

Es lo primero que he pensado cuando he visto una llamada perdida de mi ex-encargado-directo en el móvil y un par de mensajes por Whatsapp mientras estaba en las prácticas. Nada más salir yo, nos ponemos en contacto y perdiendo un poco las formas me ha sentenciado a no volver a trabajar donde él esté…

Me explicaré un poco mejor. En la entrada anterior lo omití porque me parecía irrelevante pero voy a añadir un pequeño detalle que me gustaría, si queréis, que me comentárais para decirme qué opináis: en este bar de copas donde sucedió todo nos dieron un uniforme con las letras del local grabadas y demás. Cuando me echaron me exigieron su devolución cosa que veo totalmente normal: yo no las quiero para nada además de que me quedan enormes. Por mi parte, sin problema.

Pero también olvidé citar que me deben tres horas de trabajo: exactamente 21 euros. Sea más o sea menos, son MIS veintiún euros. Como si son doscientos, lo mismo me da. Son míos y es fruto de mi trabajo.

Bien, pues en mi último mensaje a mi encargado-supremo, al día siguiente de mi despido, le digo exactamente esto:

“Buenas encargado-supremo:

Ya he hablado todo con el encargado-directo, siento lo de anoche pero creo que mejor así. Hoy no he podido acercarme con las camisas, iré mañana o pasado. Si puede ser, por favor, ¿puedes mirarme lo de las tres horas que me faltaban? Así queda todo hecho 🙂 Gracias!”
Esta es mi manera educada de decir: cuando tengáis mi sobre, voy y os dejo las camisas porque sé que como os deje las camisas vais a pasar totalmente del tema y voy a perder mi sobre. No me parece algo descabellado y creo que merecía una respuesta, ya que después de todo fue este encargado-directo el que me llamó a la una. Y si puede llamarme a la una de la noche para trabajar, creo que también puede llamar en cualquier momento (o mandar un SMS de cualquier tipo) para que me acerque.

Lo del sobre aunque suena muy a PP, también es habitual en los bares de copas.

Este mensaje se envía exactamente el 23 de Febrero de 2013 a las 20.48 de la tarde. Desde entonces este encargado no ha podido o no ha querido contestarme con un simple: “Ven a por tu sobre y tráete las camisas” y allí que me hubiera plantado yo el primero sin problema para zanjar todo este asunto. Aunque yo considere que ellos han fallado, no hay por qué acabar a las bravas o al menos yo no soy de ese parecer.

Pues a lo que vamos: durante la llamada mi ex-encargado-directo me ha dicho, resumiendo, que qué pasa conmigo, que le estoy dejando fatal por no llevar las camisas, que tengo muy poca vergüenza por dejarle así de mal porque él me trajo allí (¿no hay que tener poca vergüenza para llamar a la una de la mañana?), que está todo el mundo hablando de ti, que si estuvieras aquí delante te la montaba aún más grande y lo más importante para mi:

“Que la puerta para trabajar en A y B (otros dos locales donde esta persona trabaja) la tienes cerrada”

Esto podéis entenderlo como queráis: acoso post-laboral, exclusión pre-laboral…no sé, alguien con más luces que yo seguramente podrá definirlo mejor y de una manera más precisa. A esta persona la conocí trabajando en A donde también era mi encargado-directo y entonces fue de maravilla, os lo aseguro. Ni una salida de tono, ningún retraso en nada y sí, días de reserva en los cuales me avisaban como máximo a las 20.00h para ir o no. Si se hubiera hecho así, no hubiera habido ningún problema. Pero esta última empresa es muy, muy diferente.

Parece que le ha molestado durante la conversación que yo citara “mi dignidad” para no ir a presentarme a la empresa que me había echado por los motivos que os conté, sin saber si me pagarían o no (tampoco tengo por qué saberlo, sabiendo que la legalidad no es su fuerte). Ya no es por no querer pagar, es que me puedo imaginar que estas cosas “se van dejando” porque ya no son importantes y demás. Nunca me había pasado esto ni soy adivino, la verdad.

Tras finalizar la conversación con encargado-directo aún así, le he escrito un whatsapp (soy pobre, no puedo llamar) diciéndole que con él no tengo absolutamente ningún problema y que si quiere me acerco a donde esté para llevarle las camisas y que con el sobre haga lo que quiera, que me da igual lo que tenga dentro. Pero que sigo pensando igual, que no voy a ir al local donde creo que no se me ha tratado bien en comparación a como yo he respondido y que  sé que él no tiene la culpa, pero que yo tampoco me merezco esto (este trato).

Después de esto, no ha habido respuesta alguna.

Y hasta aquí llega la aventura laboral de hoy. Aún falta una (espero) de cómo conseguí quedar con encargado-directo para devolverle las camisas, si me dio o no los sobres y lo que durante ese intercambio de bienes se diga, que preveo que van a ser palabras muy duras como “me has dejado tirado”, “olvídate de trabajar en verano en Sevilla”, “me has fallado” y demás técnicas de relajación. Grabaré la conversación para luego transcribirla.

Hasta entonces, gracias por leer esto y muchas más por comentar vuestra opinión.

PD: No he denunciado absolutamente nada porque aún estoy hablando con gente experta en derecho y viendo si se puede o no se puede hacer, y evaluando las consecuencias que podría tener enfrentarme directamente con una empresa con tanto “poder” en la ciudad y si, algo de miedo se le tiene a eso. 

No soy un esclavo.

El sábado por la mañana me sumé a esa enorme masa de casi seis millones de personas en España que estan en paro. Y bien orgulloso que estoy, porque a veces uno debe decir “NO” y “BASTA” para salvaguardar su dignidad si ello no supone un perjuicio mayor.

Resulta que el viernes en mi cuadrante semanal aparecía “en reserva“. Esto quiere decir que estoy hasta a la espera de que mi encargado-directo (el de los bandejas) me llamase o no. Aquí viene el problema: ¿Hasta que hora consideráis que dura una “reserva”? Porque mi lógica dice que entre las 22.00 y las 0.00, si no me han dicho nada es porque ya no me lo van a decir. En otras profesiones (médico, auxiliar de vuelo, militar) esto se llama “imaginaria” o “guardia” y se paga. Mejor o peor, pero se paga.

PD: trabajaba en un bar de copas, mi horario podía ser de tarde-noche (desde las 17.00 en adelante) o de noche sólo (desde las 22.00 aprox. en adelante).

A la una de la mañana, 00.57 exactamente me llegó el primer mensaje de mi encargado-supremo (por encima de mi encargado-directo). Obviamente, a la una de la mañana no es hora de llamar a nadie para ir a trabajar, máxime cuando iba a trabajar como máximo 3 o 4 horas esa noche lo cuál se traduce en unos 24-32 euros. Sólo la gasolina del coche son 10 euros cada fin de semana, más o menos y encima me iba a tocar cerrar todo.

Y me negué. Dije no. Lo siento, pero aunque era la primera vez que me llamaban de una forma tan urgente, no era la primera que me llamaban de una hora para otra, o que me dejaban fuera por no haber suficiente faena sin más motivo. No se les ocurre decir: “bueno, ya que has venido, te pagamos la mitad de la jornada” o algo así. Es decir: flexibilidad laboral absoluta que ellos interpretan como “esclavitud remunerada”. Al menos los esclavos tenían comida y techo…

Las consecuencias no se hicieron esperar: al día siguiente dejan de contar conmigo, eufemismo de “a la puta calle”. ¿Pero sabéis que os digo? Que por suerte no tengo una necesidad imperiosa de ganar esa miseria de dinero, que aunque para otras personas puede ser una fortuna afortunadamente para mi hoy día no necesito trabajar. No tengo hipoteca o coche a mi nombre y no tengo hijos (creo), por tanto todo ese dinero va para mis caprichos: salir de fiesta, comprarme algún libro, algún viaje de fin de semana…Nada serio, como quien dice.

Pero puedo recortar, ya que no necesito demasiado dinero para divertirme. Os lo digo en serio: verme libre de un trabajo donde cada vez que terminaba me iba a mi casa hirviendo de la ira o donde necesitaba si o si tomarme una copa al final para relajarme…es una bendición. Quedarme hubiera sido un castigo más para mi salud física y mental. Llegó un punto en el que ni siquiera ponía copas: sólo las trasportaba llenas de una parte del local a otro y me traía las vacías: me sentía completamente inútil y una pérdida de tiempo todo lo que hacía. Y todo esto teniendo que aguantar a un público que en bastantes ocasiones se muestra arrogante, prejuicioso y sobre todo molesto, muy molesto. Eso si, había algunas excepciones que se agradecían sobremanera y con las que daba gusto tratar y atender. Casos contadísimos.

En resumen: en la calle, sin un duro, pero con mi orgullo y mi dignidad intactos. A veces viene bien quererse un poco y no ceder nuestra pequeña parcela de integridad.

Pasad buena semana 🙂