reflexiones

Mierdacas varias.

Hoy no tengo ganas de escribir sobre política. La verdad, es que no me apetece volver a escribir sobre política nunca más, porque a la vista queda que a nadie tiene porqué importarle mi opinión. Esto se expande a otros temas: no soy un experto en nada y hay mil expertos en todo. Y como ya sabéis, las opiniones son como los culos: algunas firmes, otras flácidas, pero todas con un agujero en medio.

Hoy es un día de esos en los que confluyen muchísimos factores con un único objetivo: hincharme los cojones hasta que se ponen enormes y azules, como los balones de Nivea. A saber:

Por un lado, gente que pide cosas, favores, sin hacer el amago siquiera de dar nada a cambio (egoísmo, qué tal te va) o de ofrecerse cuando lo necesites. Ni siquiera un “gracias”. En algunas personas es evidente que están esas intenciones, con lo cual no hace falta el ofrecimiento. En cambio si te niegas o pasas del tema, “eres un puto egoísta que sólo piensas en ti mismo”. Yo podré ser lo que queráis, pero al menos un gracias siempre cae por mi parte. Y bien que me lo trabajo.

Por otro, gente MUY pesada. A ver, sé leer y suelo recordar cosas importantes que me suceden y cuando me suceden. Recuerdo mis obligaciones, no os preocupéis. No necesito saberlo cada veinte minutos.

El más importante: la mierda de sistema educativo que tenemos, que crea estudiantes-mierda que estudian temarios-mierda para acceder a trabajos-mierda, pudiendo habernos quedado simplemente en “estudiantes que buscan una formación para acceder rápidamente al mercado laboral”. Al menos si hablamos de la FP superior, no que tenga que ir a clase para dar asignaturas (espera, ¿cómo las llaman?) transversales que a nadie importan y que se dedican a adoctrinar, con profesores con un nulo interés con lo que enseñan ya que a su vez, no imparten la materia para la que se formaron.

Esto va bien.

Aprovecho también para soltar mierda acerca de:

1. Las personas que NO SE PONEN a la derecha cuando van en las escaleras del metro. Si quieres exhibirte ve a Mujeres y Hombres y Viceversa, zorra.

2. Esos cabronazos que aparcan en doble fila para ir “un momentito al McDonalds” o “estaba en el dentista recogiendo a los niños”, reduciendo la calzada de 4 a dos carriles y a la vez, aumentando mi pulso cojonil de 0 a 100 en 4 segundos. Ver una avenida gigantesca (para los sevillanos: República Argentina) con 20 o 30 coches con las lucecitas naranja encendidas obligándote a cambiar de carril una y otra vez porque el bus necesita espacio, solo me inspira una cosa: “Mi nombre es Toni, y esto es JackAss” mientras sujeto una barra de acero y voy con medio cuerpo sacado por la ventanilla del copiloto.

3. Que el Metro de Sevilla te obligue a recargar un mínimo de DIEZ EURAZOS las tarjetas. Hasta hace unos días podías recargar al menos cinco.

4. Que algunas personas se acuerden de ti sólo cuando están de fiesta. Arrieros somos.

5. La gente que no se da cuenta de que está envejeciendo y además pretende hacerte creer lo contrario, y si replicas es porque supuestamente tengo “henbidia”. Esos músculos no siempre estarán duros ni esas tetas tan arriba, asúmelo.

6. La gente que me trata como si fuera tonto, como si fuera un crío o ambas cosas al mismo tiempo.

Y con esto es suficiente por hoy.

¿Entendéis ahora porqué escribo tantos posts relajados, acerca de la calma, la paz y la tranquilidad?

Porque la procesión va por dentro, que si no…

PD: Yo no es que sea el adalid de la perfección, pero cojones, intento mejorar!

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Veneno social I: el egoísmo.

Lo pienso constantemente y cada día que pasa me reafirmo en mis ideas: esta sociedad, la nuestra, la occidental, cuyos pilares son la filosofía griega y las tradiciones judeocristianas, ambas que hablan de compartir y amar al que tengamos al lado (cada una a su forma, pero ambas terminan igual: con alguno de rodillas), el valor fundamental que hoy día se promulga es uno: el egoismo.

Puro y duro, damas y caballeros. Se nos obliga a ser egoístas desde el momento en el que aprendemos que si no te quedas con algo, se lo quedará otro. Así de simple les funciona la neurona a alguno. Y me quiero explayar bien, así que si alguien no quiere leer mierdas reivindicativas acerca del valor social del no-ser-egoista y cosas así, que se vuelva por donde ha venido.

Empiezo.

Caminas por la calle y ves a alguien tropezarse. Sonríes un poco, disimulando, al fin y al cabo el humor negro es como las piernas: unos tienen y otros no. No pasa nada. Ves que se incorporas y no ayudas. Ahí aparece la sombra del egoísmo.

Coges tu coche, arrancas. Intentas incorporarte a la izquierda pero es imposible: pasan todos a una velocidad enorme como para hacerlo. Lo consigues. Coges autopista y tiras millas hacia el hogar. Alguien pretende incorporarse desde tu derecha: cambian las posiciones. Pero dices: “A mi antes no me han dejado, que se jodan ya!”. Y en lugar de pasarte al carril izquierdo para dejarle incorporarse, te mantienes en el tuyo y lo rebasas. Más egoísmo.

Se te olvidan cosas que comprar en el super y vas. Son dos tonterías pero las necesitas. Delante tuya en la caja, un matrimonio jovencito espera para comprar con dos carros inmensos. Sólo está esa caja abierta. La chica te mira antes de empezar a poner sus cosas en la cinta. Tú tan sólo llevas pilas y dos cartones de zumo. Y ahí te quedas, esperando detrás de esa inmensa cola de productos. Egoísmo puro.

Llegas a casa y tu hermana pequeña ha dejado todas las botellas con un dedo de líquido. Egoísmo. Terminas de comer y te apetece una siesta, tienes tiempo y vas bien planificado. Tu padre tiene puestos los documentales de La 2 tan fuertes que notas como una hiena de Tanzania resopla en tu nuca mientras te revuelves en la cama. Y ni siquiera son las cinco de la tarde.

Estos son varios de los ejemplos de egoísmo más cotidianos, y existen muchos otros. ¿Qué problema tienen? La gente actúa así, pensaréis. Si y no. Vivimos en una sociedad que desde que somos pequeños nos enseña que tenemos que ser los mejores en algo y destacar por encima de los demás; tenemos que ser competitivos para que, en el día de mañana, puedas acceder a un buen puesto de trabajo, tener una buena casa y un buen coche, poder mantenerte a ti y a tu familia cómodamente y darte algún caprichito de vez en cuando, para contarlo el lunes en la oficina. No importa cómo, el caso es que ese es el objetivo vital de todas las personas occidentales.

Olvidémonos de trabajar en algo que nos guste, en algo que repercuta a la sociedad, o sencillamente recordemos porqué estamos aquí. ¿Vivir para trabajar, o trabajar para vivir? ¿Trabajar para decirles a los demás quienes somos, cómo somos, cuánto somos? ¿Vivir esclavizados de una casa, un coche o una familia para recordarles a los demás que somos capaces de conseguir cualquier cosa que nos propongamos?

¿De qué estamos hablando?

El egoísmo es ese impulso quizás inicialmente nos ayudó a sobrevivir. Hoy día sobrevivimos en comunidades, el Ser Humano necesita unos de otros para no morir de hambre, sed, enfermedades, frío o calor. Sabemos que necesitamos a nuestros congéneres pero día a día se nos presentan multitud de oportunidades de mejorar esa convivencia, y estoy convencido de que la mayoría, por simple pereza, vergüenza u omisión de “deber moral”, hacemos como que no nos damos cuenta e ignoramos que no vivimos solos y que prácticamente todas nuestras acciones públicas tienen una repercusión mayor que nosotros mismos.

Pensad un rato. Sentaos y recordad qué cosas hacéis durante el día en las que dices: “Bah, si a mi me lo han hecho antes” o “Si no se va a dar cuenta, total…”. Acciones como las que describí arriba.

Pero ahora, mirémonos la otra mano. Recordad esos pequeños momentos en los que le habéis echado una mano a alguien de forma altruista, sin esperar nada a cambio, “porque sí”. Que hasta vosotros mismos os extrañáis de que haya ocurrido con tanta naturalidad y simpatía, con sonrisas por ambas partes: ayudar a alguien a cruzar, echar una mano con un peso grande a algún vecino, hacer algún trabajillo gratis a algún amigo porque lo domináis y no os importa…

Sería raro que nunca se os hubieran planteado alguna de estas situaciones, y sería hasta triste que de haberlo hecho las hubiérais ignorado. Estamos tan sumamente deshumanizados que nos parece extraño el contacto con extraños, aunque sean nuestros iguales y tengan nuestros mismos problemas, las mismas inquietudes, los mismos deseos y las mismas obligaciones. ¿De verdad queremos ser personas a las que TODO el mundo les da igual, a pesar de poder “ayudar”?

Porque admitid que no os cuesta ayudar a cruzar a un ciego por un paso de cebra, que apenas vas a tardar 20 segundos más de lo previsto. Admitid que os resultaría fácil ayudar a alguna vecina mayor que va cargada de bolsas hasta un piso por encima del vuestro, para bajar vosotros luego.

Hay un tipo de egoísmo que me duele más aún: el egoísmo de pensamiento, el egocentrismo. El pensar que todo gira a nuestro alrededor y que somos la luz que ilumina el Universo desde el mismísimo centro de éste. ¿No os lo creéis? Yo todavía conozco gente que cree que sin ellos, la sociedad no funcionaría. Que son imprescindibles allá donde vayan. Tiene solución, que conste: la ignorancia por parte de los demás. A veces tienen sus adoradores, pero normalmente una persona egoísta o egocéntrica termina aislándose a si mismo de una sociedad que se necesita mutuamente.

Ahora ya que cada cual reflexione, si quiere, sobre si su comportamiento es de los que le van dirigiendo a terminar sólo o si por el contrario, sabe vivir en sociedad.

Intocable: el valor de la amistad.

Sé que lleva siendo un éxito en Francia desde el año pasado. Según las cifras, es la segunda película en número de espectadores de toda la historia del cine francés y la tercera más exitosa según Wikipedia y todo ello sin ser un pastel pseudomoderno traducido del búlgaro. Sólo con esto es digna de sentarse un momento, ponerse cómodo y verla hasta el final.

El argumento de “Intocable” es aparentemente es sencillo (no hay spoilers, tranquilos): Driss es un chico de origen senegalés que vive en el extrarradio de París procedente de una familia desestructurada, el cual necesita de una firma (otorgada cuando es rechazado en un trabajo) para poder cobrar el paro. Para ello acude a una oferta de empleo que consiste en cuidar a Philippe, un tetrapléjico adinerado que necesita atención y cuidados la 24 horas del día. El primero vive con una familia enorme, el segundo en una mansión enorme. El primero no conoce los lujos y el otro compra cuadros que valen 41.000 euros. Finalmente Driss es contratado y comienza una curiosa relación entre ambos, donde Driss es de las pocas personas que entiende que Philippe no es sólo un hombre atado a una silla con ruedas, sino que hay algo más en él. Por otro lado, Philippe ve en ese chico un soplo de vida, la vida que a él le falta.

El mensaje que transmite es brutal: a pesar de las diferencias, a pesar de todo lo distintas que puedan parecer dos personas en principio, no hay nada tan fuerte como el sentimiento de pertenecer a algo más grande que uno mismo, algo que trasciende a la persona en si y que uno solo no puede completar. Y aunque podemos llegar a ser personas integras y felices, necesitamos sabernos necesitados por los demás.

Ahonda perfectamente en el concepto de la amistad que supera los prejuicios, la amistad pura y noble, la que no necesita explicaciones sino actos. Unos actos que sencillamente se hacen desde el instinto por cuidarnos unos a otros en una sociedad individualista que queda claramente retratada en la película: la individualista, la que vive ajena a los demás, la que siente lástima por los débiles cuando estas personas ni lo son, ni lo serán. Esto es lo que entiende Driss a la perfección antes que cualquier otro candidato a su mismo puesto.

Ahora vienen las preguntas: ¿Cuántas amistades tenéis así? En mi caso, puedo decir que al menos tengo a una persona de este tipo y bien orgulloso que estoy. Además, muchos de nosotros tenemos amigos desde la infancia, yo en concreto conservo amistades desde los seis años y aunque quizás no nos veamos todos los días sabemos que siempre estamos unos junto a los otros de una u otra manera. Es una amistad tradicional, tierna y por costumbre. Las personas guardan una afinidad y de ahí surge la relación. Y es precioso mantenerlo y ojalá me duren otros tantos años.

Luego existen otros tipos de amistades: Albert Espinosa los definió como “amigos amarillos” en el libro de nombre “El mundo amarillo”, donde nos explica que existe un tipo de relación efímera, breve pero muy intensa que puede enseñarnos mucho acerca de lo que no conocemos o bien, donde podemos dejar nuestra huella. Estas amistades puede que duren unas horas, un día o un año, quizás diez. Pero algún día no estarán y es precisamente el tiempo que dura y las enseñanzas que nos transmiten lo importante de este tipo de relación.

Quizás alguna vez os ha pasado: conocéis a una persona, hay conexión y afinidad, hay grandes conversaciones y tras un tiempo, por el motivo que sea, jamás os volvéis a ver. Pero esas conversaciones, esa conexión, esas ideas compartidas y esa persona ya vive dentro de vosotros, ya tenéis su “marca” y vosotros habéis dejado la vuestra. Albert decía que no debía darnos pena que esa relación no continúe, sino que debemos alegrarnos por habernos encontrado a alguien así en nuestro camino, pero que este camino debe continuar.

Luego hay amistades falsas, amistades erróneas y meros conocidos, pero eso está a un nivel más bajo y no me interesa ahora hablar acerca de eso.

Lo que considero importante y que me gustaría transmitiros aquí es que a pesar de las relaciones que nos encontremos por el camino duren más o menos a nuestro lado, lo importante está en aquello que quieren contarnos y en aquello que quieren aprender de nosotros, motivo suficiente para no cerrarnos a nadie y mantener la mente libre de prejuicios, abierta y despejada ante este tipo de personas. Creo que nuestra vida y el mundo en general sería un lugar mucho mejor para vivir si nos olvidamos del egoísmo de “acumular” amigos en lugar de disfrutar de ellos y ellos de nosotros. Esto no va de hacerse amigo de todo el mundo en un planeta “happy” y maravilloso: significa admitir nuestros sentimientos y nuestros conocimientos, saber compartirlos y disfrutarlos, enriquecernos cada día mas con esas personas que nos llaman la atención y transmitirlos así a la siguiente persona. Que no nos de vergüenza expresar lo que pensamos, creemos o vivimos ni siquiera con los desconocidos.

Total, si nos tienen que juzgar o no, lo van a hacer igual. Lo interesante es que no lo hagamos nosotros.

Me surgen más preguntas antes de terminar y que cada uno podría hacerse: ¿De qué tipo de personas nos rodeamos? ¿Qué clase de amigos creemos tener? ¿Qué clase de amigos creemos que somos? ¿Y qué clase de amigo somos realmente? ¿Con quién? ¿Qué clase de amigos nos gustaría tener? Ya tenéis faena.

Ah, y se me olvidan un par de cosas fantásticas sobre la película: está basada en hechos reales y la banda sonora es de Ludovico Einaudi. Podréis disfrutarla hasta con los ojos cerrados.

La carta.

Dicen que las cosas más importantes son precisamente aquellas que destacan por lo aparentemente insignificantes que son, y cuya repercusión es prácticamente inmesurable pero no por ser pequeñas, sino justo lo contrario, por las consecuencias que tienen. Y vaya si tienen razón.

Una carta. Un sencillo correo electrónico dirigido a mí personalmente sin que sea un anuncio, una carta del banco o una factura. Era un texto dirigido única y exclusivamente a mi, como consecuencia de la llamada de auxilio que hice hace unos días y que poca gente ha sabido interpretar, aunque tampoco era mi objetivo. Pero creo que hacía años que no me pasaba algo así.

Obviamente no revelaré el contenido de la carta, faltaría mas, pero bastará con decir dos de las conclusiones he extraído de este extraordinario regalo por si nuevamente a alguien le sirve de ayuda igual que me ha servido a mi:

1. La vida se compone de ciclos naturales, de altibajos. Que por un lado es positivo: si en lugar de ciclos nos limitáramos siempre a una vida lineal y sin sobresaltos sería poco más que una existencia aburrida, una vida como la de aquellos que se acostumbran a cualquier cosa (o a cualquier persona) y se conforman con lo poco o mucho que tienen. Que conformarse está bien cuando hablamos de cantidad, pero no de calidad. No es tener más, sino lo mejor.

En esos ciclos hay ocasiones en los que estás completamente eufórico, la vida te parece maravillosa, todo tiene un porqué, un sentido, una lógica y una razón de ser; todo parece ir a algún sitio y los objetivos se van realizando uno detrás de otro. Eso ya lo viví también, o al menos una de las etapas que identifico a día de hoy se corresponde con esa definición.

Pero la parte opuesta de la cresta de la ola es el fondo del mar. Una etapa donde parece que las cosas no van a ningún sitio, no te gusta ni lo que haces ni lo que no haces, no ves la luz de la superficie, no te llegan mensajes desde afuera, la ilusión es cosa de niños y prefieres la seguridad de tu refugio a la aventura de vivir.  El punto donde yo y bastante gente, a tenor de los comentarios que he recibido, nos vemos inmersos en este momento. 

2. Todo tiene un principio y un fin. Y los ciclos se terminan y se vuelven a empezar. Y de cada ciclo se aprende algo o al menos debería, tanto de los de euforia como los de pesadumbre. Lo importante de este punto es que sabiendo que volverá la euforia, la ilusión y nuevos caminos por recorrer es que junto a ti lleves la experiencia del anterior: olvidarlo sería estar condenado a repetirlo, una especie de samsara* cotidiano donde no es necesario morir y renacer para volver al punto anterior y no encontrarle respuesta.

También me quedo con el punto de que a pesar de no vivirlas, las experiencias de los demás pueden ayudarnos a entender y a mirar con otros ojos lo que ahora mismo no vemos, sabiendo que esas otras personas supieron superar esos mismos baches que ahora yo intento saltar sin tropezar demasiado. Que no tenemos que cerrarnos a los consejos de los demás, que oigamos: que aunque las cosas no llamen nuestra atención debemos prestársela.

Y lo más importante: seguir caminando. Por algo somos caminantes, porque a pesar de todo, de vivir en lo más alto del ciclo o en lo más bajo de nuestro ánimo, seguimos andando sin detenernos. No nos estancamos y crecemos, a pesar de los tiempos adversos.

Eso es. Seguir caminando.

*El “samsara” es el ciclo de muerte y renacimiento que según los budistas, únicamente se rompe cuando se alcanza el Nirvana, la iluminación. 

Esperanza

La pongo aquí, para que no se me olvide. Como todo lo demás. 

‎”Nos pasamos la vida esperando que pase algo, y lo único 

que pasa es la vida. No entendemos el valor de los 

momentos hasta que se convierten en recuerdos. 

Así que 

haz lo que quieras hacer antes de que se convierta 

en lo que te gustaría haber hecho” 


BOB MARLEY.