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Diez consejos para cuando vayas a un hotel.

Aquí van diez consejos que te serán muy útiles para la próxima vez que te alojes en un hotel desde que entras por la puerta hasta que vuelves a salir por ella.  No cuento nada nuevo y en general se basan principalmente en mi experiencia estos nueve meses de trabajo, y yo he mismo he podido comprobar que cuando se siguen estas pautas de pronto todo es mucho más fácil y gratificante, tanto para el cliente como para el trabajador. Añado algunos ejemplos, por si a alguien les sirven.

Venga, ¡no perdéis nada por probar!

1. Saluda

Parece mentira, pero algunas personas dan por hecho que el saludo es algo innecesario ya que en un hotel te van a recibir igual, digas algo o no. En absoluto: es la forma más efectiva para que todos los empleados empiecen a saber quién eres y no pasar por situaciones como tener que repetir veinte veces en qué habitación te alojas. A nadie le gusta decir su nombre una y otra vez, ¿verdad?

2. Da las gracias

Cuando hacemos algo por alguien…¿no nos gusta recibir un sencillo “Gracias” como respuesta? A los trabajadores de un hotel también. A algunos los verás a diario (recepcionistas, camareros) y a otros no los verás jamás (lavandera, costurera, camareras de pisos…), así que ¿qué tal si jugamos a las notas? Estoy seguro de que si en la bolsa de ropa sucia que has pedido que te laven pones una nota dando las gracias por adelantado a la persona que las lavará, lo hará con mucho más mimo y más rápido. O sobre la mesa, antes de que vengan a limpiar. Pruébalo y me cuentas.

Ejemplo: Una familia catalana que desde que llegó supo agradecer cada gesto que hice por ellos sin tener realmente porqué hacerlo, era sencillamente educación. ¿Resultado? No recordaban dónde habían dejado el carrito del bebé y cuando fue localizado me fue sencillísimo identificarlo y enviárselo a la habitación cuando mi compañero me preguntó por él por teléfono, ya que él no estaba delante en el momento de perder el carrito. De no haber sido tan simpáticos y agradables -y quedarme con sus caras- quizás no habría recordado tan rápido en qué habitación se alojaban.

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Balance de 2013: el año del trabajo y el aprendizaje.

Terminando 2013 a todos nos gusta pararnos un momento a reflexionar acerca de cómo nos ha ido durante todo ese tiempo: si estamos mejor o peor que cuando lo empezamos, si hemos conseguido aquellas promesas que nos hicimos al principio o no, o si sencillamente ha sido “uno más”. Si tuviera que quedarme con algo en concreto de éste 2013 que nos deja ese sin duda es el ámbito laboral: a grandes rasgos se puede decir que ha sido el mejor año hasta ahora.

Comencé el año contando cómo me habían echado de una empresa por no haber cedido a sus absurdas exigencias; más tarde comencé unas prácticas en uno de los mejores hoteles de la ciudad y donde he conseguido quedarme aunque sólo sea en momentos puntuales que van desde unos días sueltos a meses completos (el único punto negativo ha sido la relación con algunos “compañeros“). A finales de verano conseguí de abrir una pequeña “empresa” basada en márketing de afiliados abriéndome un mundo nuevo de posibilidades económicas y desde septiembre también tengo que añadir en la nómina el bar de copas que también he citado alguna vez. Y como guinda del pastel, sobre la mesa tengo un par de proyectos muy interesantes: uno relacionado con éste mismo blog y otro que está todavía en la fase de brainstorming del que más adelante tendréis noticia. Termino pues 2013 trabajando, y lo comenzaré trabajando.

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Micro-relaciones I

Una de las cosas que más me impresiona de los hoteles ahora que los conozco un poquito mejor por dentro es algo que he decidido bautizar como “micro-relaciones“. Las definiría como la relación que surge entre un trabajador y un cliente durante la estancia, que puede ser más o menos breve, y depende tanto del carácter del trabajador como del que tenga el huésped.

Y eso es lo que quería volcar aquí: las pequeñas relaciones que surgen con algunas personas y que precisamente me parecen increíbles por lo breves e intensas que son. Todo lo que ponga aquí es lo que me cuentan durante su estancia, normalmente en el trayecto desde la recepción a la habitación. Yo les cuento cómo funciona el hotel y ellos me cuentan, en ocasiones, cómo funcionan sus vidas. Pongo varios ejemplos reales aunque obviamente omitiré nombres por discreción:

Lady Margaret: tendrá cerca de los 85 años, es del sur de Inglaterra aunque vive en Londres y viaja sola porque dice que aunque su marido murió hace mucho, ella se sigue sintiendo muy viva. Habla de la muerte con total naturalidad y dice algo que me impresiona: “No voy a esperar a la muerte sentada, joven“.  Enjuta, de pelo suelto, cano y ojos claros, en general puede valerse por si misma pero ha pedido una silla de ruedas para desplazarse por el hotel. Nuestra micro-relación comienza con un compañero pidiéndome que la lleve a su habitación, mientras por el camino me va narrando cuánto le gusta aprovechar sus últimos años de vida para conocer lo que jamás pudo por haberse dedicado a su familia. Es fan de los Beatles, le gusta muchísimo el jamón serrano y dice que este es el manjar más exquisito que jamás ha probado. Ha habido tanta buena conexión que me ha pedido si la podía dejar recostada en la cama, y si no me importaría quitarle los zapatos ya que ella sola no se alcanzaba. No siempre es fácil “tocar” a alguien. Al despedirme de ella con el pellizquito en el pecho es cuando se me ha ocurrido esta entrada.

(Esta noche tendrá por cortesía del hotel una tapa mientras oye al pianista que viene cada noche.)

Los Jakobsson: son suecos y es la tercera vez que vienen a Sevilla. Nunca había coincidido con un cliente nórdico tan de cerca y al contrario de lo que me imaginaba, les encanta gastar bromas, contar chistes y conocer secretos del lugar donde se hospedan, ya que creen que cada lugar es un mundo y que merece ser conocido hasta el final. Les cuento acerca de clientes ilustres que han pasado por su misma habitación y se despiden en sueco, dándome propina en coronas. No era mucho, pero para mi ha sido aún mejor que si me la hubieran dado en euros, os lo aseguro.

La Sra. Smith: viaja sola y con sus dos hijos, uno de los cuales cumple años el mismo día que yo. Como con sus hijos no puede hablar de ciertos temas que a ellos les parecerían aburridos, lo hace conmigo cada vez que me encuentra por los pasillos. Su marido es un próspero agente de viajes que apenas pasa por Londres, que es donde vive. Por eso ella y los críos, cuando pueden, se escapan por el mundo. La noche anterior la habían pasado en algún punto sobre Pakistán y Grecia, aunque no lo recuerdan porque se quedaron dormidos a mitad del vuelo procedente de Yakarta. Se despidió de mi dándome dos sonoros besos en la cara y un fuerte achuchón justo delante de mis jefes, en plena recepción. 

El Sr. Rios: viene de Barcelona con su novio, su hijo y la novia de éste. Es empresario y está acostumbrado a venir a Sevilla, pero hacía al menos tres años que no venía al hotel y no conoce las novedades. Me ha agradecido una barbaridad que le hiciera un pequeño “circuito” por los bares de tapas y copas menos conocidos por el turismo y que le ofreciera una alternativa distinta a la que aparece en las guías. Se hospeda en una de mis suites preferidas, la 138-140, en la que algún día me gustaría hospedarme sólo por ver qué se siente. También queda encantado con lo rápido que se le ha solucionado un problema técnico de la habitación.

Sres. Aldrich-Akita: son un matrimonio que al preguntar de donde provienen, dicen “Es complicado. Digamos Inglaterra”. Reímos los tres. Ella es oriental, seguramente hija de japoneses. Son jóvenes, no alcanzan los 40 años y es su aniversario de bodas. Una vez vinieron a Sevilla, pasaron por la puerta del hotel y quedaron encantados con todo lo que vieron, así que hace diez días decidieron hacer una reserva y sin importar el coste, venir a celebrar que se siguen queriendo. Yo iba con la ventaja de conocer la habitación y sabía que les encantaría, ya que tiene una enorme terraza con vistas a la ciudad, a la Catedral concretamente, que los deja embobados. Sobre el escritorio tienen una cubitera con una botella de cava y la cama está cubierta de pétalos de rosa, ya que desde la central se nos avisa que eran clientes habituales de la compañía y que era un día especial para ellos. Ella de hecho, estaba especialmente emocionada por todo.

Estas pequeñas historias biográficas que a priori pueden parecer poco más que meros cotilleos sin interés son precisamente para mi el valor principal del hotel: el factor humano, el componente más impredecible de todos. Todas esas personas y yo hemos confluido en el espacio y el tiempo precisamente para contarnos esas breves historias para luego cada uno seguir su camino.

Y eso es precisamente lo que me maravilla de todo este asunto: son relaciones tan efímeras que o las aprovechas, las degustas y las disfrutas como yo ahora mismo, o sencillamente las olvidas y te conviertes en una máquina que transporta gente de un lugar a otro, igual que hace un coche o un vagón de metro.

No sé si os gustarán a vosotros o no, pero yo por si acaso seguiré apuntando aquí algunas de esas historias, no vaya a ser que se me olviden.

Por qué España no saldrá de la crisis nunca.

Hay muchos factores que pueden conjugar una crisis de cualquier tipo: en este caso, nos hallamos inmersos en una crisis sistémica cuya consecuencia más visible es la económica, pero que ha revelado una incluso peor: la humanitaria.

Crisis humanitaria y social, humanitaria en el sentido de humanidad, cercanía, en lo referido al hecho de vivir en comunidades y ciudades, y que al mismo tiempo nos hayamos dado la espalda de una forma tan grave unos a otros. Se nos ha impuesto durante años una feroz competitividad donde todo vale para llegar a ser quien quieras ser, y cuando ya eres esa persona que querías ser, todo lo anterior da exactamente igual.

Llevemos estos dos párrafos a algo más práctico:

Como algunos sabéis, trabajo poniendo copas en un bar aquí en mi ciudad, normalmente en una terraza y para colmo el bar se ha puesto bastante de moda. Normalmente se trabaja “bien”, pero los sábados es un auténtico caos tanto dentro como fuera del local, por la gran cantidad de gente que allí se concentra y siendo un lugar tan pequeño, a veces trabajar en ese espacio es una auténtica tortura. Pero esto es comprensible y nadie tiene la culpa realmente.

Pero sigamos profundizando. Durante el trabajo, te encuentras las siguientes situaciones (no siempre, pero bastantes veces) merecedoras del máximo galardón al egoísmo puro y duro:

-Tener todo el mobiliario en el mejor orden posible (mesas, sillas, banquetas, ceniceros, velas) y que cada uno monte y desmonte el “escenario” a su antojo, sin avisar, sin preguntar si se puede o no. Como si yo me metiera en casa de alguien y desordenara los sofás para sentarme más cómodo.

-Después de lo anterior, que ni siquiera tengan la decencia de poner “mas o menos” las cosas como estaban. No hace falta dejarlo calcado, pero si has juntado dos mesas, vuelve a dejarlas separadas si no te importa.

-Lo sucia que es la gente, “que recoja él, que es su trabajo” y comentarios similares en la misma escala de mezquindad. Familias enteras, padres e hijos que llenan todo lo que tienen alrededor de cosas como paquetitos de chucherías, batidos, zumos, refrescos ajenos al local (latas, sobre todo)…

-Hablando de familias: los niños. Padres y madres, entiendo que quieran salir a tomar algo, pero un bar de copas NO ES LUGAR para que haya niños pequeños correteando entre los demás clientes. Primero por el riesgo que supone, segundo porque donde hay drogas (en este caso legales) mejor que no haya críos. Ya tendrán tiempo para descubrirlas. Por otro lado, la mayoría de estos pequeños seres suelen entorpecer el trabajo de los demás. Contraten a una niñera 3 o 4 horas, que les saldrá más a cuenta.

– No se sorprendan si la camarera les pone mala cara tras pedirle las copas UNA A UNA, resulta que ella tiene sangre en las venas. Siéntense, relájense, tomen su tiempo para pensar y decidir qué quieren. En realidad la única prisa en ese lugar la tienen ustedes, no nosotros. Nosotros podemos llegar a tener prisa porque así lo han querido ustedes.

-¿No le molesta cuando le dice “NO” (por el motivo que sea) a un familiar o amigo, esta persona vaya a preguntarle a otra persona para que le de el si? Como cuando mamá dice NO y papá que SI ¿Cómo se siente? Desautorizado, ¿verdad? Pues a nosotros también nos pasa, ya ves. Cuando yo le digo a algo que NO (no puede entrar ahí, no me permiten hacer tal cosa, no puedo invitarle) es porque NO, y punto. Está bien que lo sugiera (hay muchas formas) y algunas veces se pueden hacer excepciones. Pero no es habitual.

-En el local hay puertas, escalones pequeños y escaleras más largas y yo tengo que cruzarlas todas. Normalmente la gente se aparta si voy con una bandeja cargada de copas sucias, pero mucha otra gente utiliza el peso de su cuerpo para establecer su prioridad de paso. Si vuelcan y termina pringado de ron, whisky y cocacola hasta las cejas, piense para la próxima vez en dejar pasar tranquilamente al chico de la bandeja.

Son cinco ejemplos que suceden casi cada fin de semana, pero todos ellos se resumen a una sola cosa: yo.

Porque YO soy el cliente y YO mando.
Porque YO pago y se hace lo que YO quiero.
Porque YO he venido aquí donde trabajas
Porque YO estaba primero
Porque YO no he venido aquí a esperar.
Porque TÚ no sabes quién soy YO.

Ya hablé en su día del egoísmo como veneno social, y esto quizás es una relación más social-laboral. Esta gente es la misma que habla de crisis, de políticos que dan la espalda al pueblo, de gobernantes egoístas que se forran a nuestra costa pero…¿y tú? ¿Acaso te crees muy distintos a ellos? Has ido a hacer algo tan sencillo como tomarte una puñetera copa, bailar un rato y charlar con tus amigos y al mismo tiempo estás literalmente puteando a un simple trabajador y aunque quizás no sea de forma consciente, si sea por omisión.

No te pido que hagas mi trabajo, sino que me dejes hacerlo a mí. Si ves a los políticos y piensas “No hay derecho” o “No hay justicia”… empieza por ti primero. Porque España puede que salga de la crisis económica, pero vive instaurada en un sistema egoísta donde el YO es lo único que importa, y me da igual cuánto tenga que hacer para que YO tenga lo que YO quiero.

Y así nos va, para que un sencillo camarero tenga que estar quejándose de estas cosas, con lo fácil que hubiera sido colaborar unos con otros para hacer de nuestra sociedad algo más parecido a algo “humano”. Porque hasta que no vayamos todos a una no habrá forma de salir de este pozo.

Feliz fin de semana.

Recomendación: una de las mejores lecturas acerca de la crisis española y su origen lo hizo Aleix Saló a través de un comic bastante bueno, “Españistán“. Totalmente recomendada su lectura que podéis adquirir por muy poco precio en el siguiente enlace.